michelle pensativa

Carta CLXI: La Presidenta de Tourvel a...

(Dictada por ella y escrita por su doncella.)


Ser cruel y malhechor, ¿Cuándo te cansarás de perseguirme? ¿No te basta haberme atormentado, degradado, envilecido? ¿Quieres torturarme hasta en la paz del sepulcro? ¡Qué! En esta mansión de tinieblas en que forzosamente me ha enterrado la ignominia, ¿han de acongojarme las penas sin descanso, ha de ser desconocida la esperanza? No imploro una gracia que no merezco; para sufrir sin quejarme basta con que no excedan mis sufrimientos a mis fuerzas. Pero no hagas mis tormentos insoportables. Déjame los dolores, pero quítame el recuerdo cruel de los bienes perdidos. Ya que tú me los arrebataste, no vuelvas a trazar ante mis ojos su imagen desoladora. Yo era inocente y estaba tranquila, y hasta que te vi no perdí el reposo; oyéndote llegué a ser criminal. Autor de mis faltas, ¿qué derecho tienes tú a castigarlas?

¿Dónde están los amigos que me acariciaban? ¿dónde están? Mi infortunio les espanta; ninguno se atreve a acercarse a mí. Estoy oprimida y me niegan su auxilio. Me muero y no me llora nadie. Todo consuelo se me rehúsa. La compasión se detiene al borde del abismo en que el criminal se hunde. Los remordimientos le desgarran el corazón y no hay quien oiga sus lamentos.

Y tú, a quien he ultrajado; tú, cuya estimación aumenta mi suplicio; tú, que eres quien tiene el derecho de vengarse, ¿qué haces lejos de mí? Ven a castigar una mujer infiel. Haz que al menos los tormentos que sufra sean merecidos. Ya he querido alguna vez someterme a tu venganza, pero me ha faltado el valor para confesarte tu vergüenza. No era por disimulo, era por respeto. Que esta carta, por lo menos, te demuestre mi arrepentimiento. El cielo ha hecho suya tu causa y te venga de una injuria que ignorabas. El cielo trabó mi lengua y contuvo mis palabras. Temería que tú me perdonases una falta que él quería castigar. Me ha sustraído a tu indulgencia que habría herido su justicia.

Despiadado en su venganza, me ha entregado al mismo que me ha perdido. Sufro a un mismo tiempo por él y para él. En vano quiero huirle; me sigue, está ahí, me obsesiona sin cesar. ¡Cuán diferente es de lo que era! Sus ojos no expresan sino odio y desprecio; su boca no profiere más que reconvenciones e insultos. Sus brazos no me rodean más que para ahogarme. ¿Quién me salvará de su bárbaro furor?

¡Pero qué! Es él... No me engaño, es él... vuelvo a verle. ¡Oh! mi cariñoso amigo, ¡recíbeme en tus brazos, ocúltame en tu seno! ¡Oh, sí, eres tú, eres tú! ¿Qué funesta ilusión me había hecho desconocerte? ¡Cuánto he sufrido en tu ausencia! No nos separemos más; no nos separemos nunca. Déjame respirar. ¿No sientes cómo palpita mi corazón? ¡No es de temor, es la dulce emoción del amor! ¿Por qué esquivas mis tiernas caricias? Vuelve hacia mí tus dulces miradas. ¿Qué lazos son esos que tú tiendes a romper? ¿Por qué preparas ese aparato de muerte? ¿Quién altera así tus facciones? ¿Qué haces? Déjame, yo me estremezco. ¡Dios mío! ¿Ese monstruo todavía? Amigas mías, no me abandonéis. Vosotras, que me invitáis a huir, ayudadme a combatirle; y vosotras, que más indulgentes me prometéis aminorar mis penas, venid cerca de mí. ¿Dónde estáis? Si no me es permitido volver a veros, contestad al menos a esta carta, para que yo sepa si me amáis todavía.

Déjame ya, cruel, ¿qué nuevo furor te anima? ¿Temes que no penetre hasta mi alma un dulce sentimiento? Redoblas mis tormentos, me obligas a aborrecerte. ¡Oh, qué doloroso es el odio! ¡Cómo corroe el corazón que lo destila! ¿Por qué me perseguís? ¿Qué tenéis ya que decirme?
¿No me habéis puesto así en la imposibilidad de escucharos como en la de responderos? No esperéis nada de mí. Adiós, señor.

París, 5 de diciembre de 17...
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CARTA CXLIII: LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE ROSEMONDE

El velo se ha descorrido, señora, en que la ilusión de mi dicha estaba pintada. La funesta verdad me ilumina, y no me deja ver más que una muerte cierta y próxima, cuyo camino me trazan la vergüenza y el remordimiento. Yo lo seguiré y bendeciré mis tormentos si abrevian mi existencia. Mando a usted la carta que recibí ayer; no añadiré ninguna reflexión, porque todas van en ella. Ya no es tiempo de quejarse, sino de sufrir. No necesito piedad, sino fuerzas.

Reciba, señora, el único adiós que he de dar, y atienda mi último ruego, que es que me abandone a mi suerte, que me olvide por completo, que no cuente más conmigo en la tierra. Cuando se llega a tal infortunio, la misma amistad aumenta nuestros sufrimientos, y no puede remediarlos. Cuando las heridas son mortales, es inhumano todo auxilio. Me es extraño todo sentimiento que no sea la desesperación. Nada puede convenirme sino la noche profunda en que voy a sepultar mi vergüenza. Allí lloraré mis faltas, si es que puedo llorar todavía, porque desde ayer no he derramado ni una lágrima. Mi corazón desgarrado no puede verter más.

Adiós, señora; no me conteste nada usted. En esta carta cruel he hecho el juramento de no recibir ninguna.

París, 17 de noviembre de 17...
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CARTA CXXXVI: LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT

Sin duda, señor, después de lo que ha pasado ayer, usted no esperaba ser recibido en mi casa; y sin duda tampoco lo deseaba. Esta carta no tiene menos por objeto rogarle que no vuelva que pedirle cartas que no debieron existir, y que si han podido interesarle un momento, como prueba de la pasión que supo despertar, serán hoy sin duda indiferentes, puesto que ya no expresan más que un sentimiento que usted ha destruido.

Conozco y confieso mi error al tener en usted una confianza de la que tantas otras antes que yo habían sido víctimas: a nadie acuso, yo soy tan sólo la culpable; pero creía al menos no haber merecido ser abandonada por usted al desprecio y al insulto. Creía que sacrificándolo todo a usted, y perdiendo por usted mis derechos a la estima de los demás y de la mía, podría esperar que no me juzgara más severamente por todo el mundo, cuya opinión aún separa la mujer débil de la mujer depravada y envilecida. Estas faltas son las únicas de que lo culpo; callo las del amor: su corazón no entenderá sin duda al mío.

Adiós, señor.

París, 15 noviembre 17...
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CARTA CXXXV: LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE ROSEMONDE

Procuro escribirle, y no sé si podré conseguirlo. ¡Ah, cuando pienso en que mi carta anterior expresaba el colmo de la alegría! Es el colmo de la desesperación el que ahora me agobia; el que no me deja fuerzas para sentir mis dolores, y que impide expresarlos.

Valmont... Valmont no me ama; no me ha amado nunca. El amor no desaparece así. Me engaña me vende y me ultraja. Todos cuantos infortunios y humillaciones pueden sufrirse me hieren hoy, ¡y todos vienen de él!

No crea usted que es una simple suposición; estoy lejos de sospechar nada. No tengo la dicha de poder dudar. Lo he visto; ¿qué podría decirme para justificarse?... Pero nada le importa; no lo intentará siquiera... ¡Desgraciada! Inútiles eran mis lágrimas y mis reproches; ya no se ocupa de mí.

Es verdad que me ha sacrificado, abandonado, y ¿a quién?, a una mujer despreciable. Pero ¿qué digo?, yo he perdido todo derecho a despreciar. Ella ha faltado menos a sus deberes, es menos culpable que yo. ¡Oh, cuán dolorosa es la pena que se apoya en el remordimiento! Siento que aumentan mis tormentos. Adiós mi querida amiga; por indigna que yo sea de su piedad, usted la tendría de mí si me viera sufrir.

Pero al leer mi carta, noto que no le digo nada de lo ocurrido; quiero hacer valor para contarle el suceso. Ayer, por primera vez después de mi vuelta, debía cenar fuera de casa. Valmont vino a verme a las cinco; jamás lo encontré más tierno. Me hizo conocer que mi proyecto de salir le contrariaba, y decidí en consecuencia permanecer en casa. Sin embargo, dos horas después, y de repente, su aspecto y tono cambiaron sensiblemente. Ignoro en qué pudiera disgustarle; de todos modos, al poco fingió recordar un asunto que le obligaba a abandonarme, y se fue, no sin haberme manifestado un gran sentimiento, que me pareció tierno y sincero.

Juzgué después más conveniente cumplir mi proyecto de salir, puesto que el permanecer en casa era ya inútil. Acabé mi tocado, y tomé el coche. Desgraciadamente mi cochero me hizo pasar ante la ópera, y me encontré detenida por la aglomeración de gente que salía; y noté a cuatro pasos de mí, y en la misma fila, el coche de Valmont. Latíame el corazón, pero no de temor; y mi único deseo era que mi coche avanzase. El suyo, por el contrario, se vio obligado a retroceder, y se puso al lado del mío. Avancé al momento para asomarme, y ¡cuál no sería mi sorpresa al encontrar a su lado una joven, bien conocida como tal! Me retiré, como usted supondrá; pero lo que a usted costará trabajo creer, es que esa misma joven, instruida sin duda por una odiosa confidencia, no abandonó la portezuela del coche, ni cesó de mirarme, riendo a carcajadas del modo más cínico e insultante.

En mi anonadamiento, me dejé conducir a la casa en que debía cenar; pero me fue imposible permanecer allí; me sentía a cada instante próxima a desvanecerme, y sobre todo no podía contener mis lágrimas.

Al entrar escribí a M. de Valmont, y le envié mi carta al punto: no estaba en su casa.

Buscando a toda costa salir de tan mortal estado, o confirmarlo para siempre, mandé orden de esperarlo en su casa: pero antes de las doce de la noche mi criado volvió, diciéndome que el cochero, que había vuelto, le dijo que su amo no volvería aquella noche.

Esta mañana pensé que no me quedaba más recurso que devolverle sus cartas, y rogarle que no vuelva más por mi casa. He dado órdenes en consecuencia, pero serán inútiles.

Son las doce del día, y aún no ha venido, ni he recibido una letra suya.

Ahora, querida amiga, nada tengo que añadir; ya está instruida, y usted conoce mi corazón. Mi única esperanza es no afligir por mucho tiempo ya la sensible amistad de usted.

París, 15 noviembre 17...
michelle pensativa

CARTA CXXVIII: LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DEROSEMONDE

No he recibido hasta ayer su tardía carta. Me hubiera matado, seguramente, si yo fuese dueña ya de mi existencia; pero hoy es de otro, de monsieur de Valmont. Verá usted cómo no le oculto nada. Si cree no encontrarme digna de su amistad, sepa que temo menos perderla que engañarla. Todo lo que puedo decirle que, puesta por monsieur de Valmont en la alternativa de hacer su felicidad o determinar su muerte, me decidí por el primer partido. Ni de ello me jacto, ni tampoco me acuso: digo no más lo sucedido.

Comprenderá fácilmente la impresión que su carta me hizo, y las verdades que contiene. No crea, sin embargo, que ha producido pena alguna en mí, ni que pueda tampoco hacerme cambiar de sentimiento ni de conducta. No por esto dejo de tener momentos crueles, pero cuando mi corazón está más desgarrado, cuando creo no poder soportar mis dolores, digo: Valmont es dichoso; y todo desaparece ante esta idea, o más bien cambia todo en placeres.

Me he dedicado en absoluto al sobrino de usted: por él me he perdido; él es el centro único de mi pensamientos, de mis deseos, de mis acciones. Mientras mi vida sea necesaria a su dicha, será preciosa para mí, y me creeré afortunada. Si alguna vez él piensa de otro modo, no oirá de mi boca queja ni reproche. Ya tengo tomado mi partido sobre el momento fatal.

Ahora verá usted que poco puede afectarme el temor que parece abrigar de que haya de perderme un día Valmont; porque antes de desearlo habrá dejado de amarme; y entonces ¿a qué vamos a reproches? Él sólo será mi juez. Porque yo no viviré más que para él; en él reposará siempre mi memoria; y si él confiesa que le amo, estaré bastante justificada.

Acaba usted de leer en mi corazón. He preferido la desgracia de perder su estimación por mi franqueza, a hacerme indigna de ella por el envilecimiento de la mentira. He creído deber esta confianza a las bondades de usted para conmigo. Añadir una palabra más, podría hacerle sospechar que el orgullo de contar aún con ella me inspiraba, cuando, al contrario, me hago suficiente justicia para renunciar a lo que no creo merecer.

Quedo de usted, su más humilde y obediente servidora.

París, 1 noviembre 17...
michelle pensativa

CARTA CXXIV: LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE

En medio de la extrañeza que han producido en mí, señora, las noticias que tuve ayer de usted, no olvido la satisfacción que a usted debe producir, y me apresuro a felicitarla. Monsieur de Valmont no se ocupa ya de mí ni de su amor, y no piensa sino en reparar, por una vida edificante, los errores de su juventud. El padre Anselmo me ha informado de ello; a él se ha dirigido como consejero de su porvenir, y también para tener una entrevista conmigo, cuyo principal objeto es devolverme mis cartas, a lo que yo sospecho, y que guardaba, no obstante mis reiteradas súplicas.

No puedo menos de aplaudir tan dichoso cambio, y felicitarme de ello si, como él dice, en esto tengo alguna parte. Pero ¿por qué he de ser yo el instrumento, a costa del reposo de mi vida? ¿No puede venir la dicha de monsieur de Valmont sino aparejada a mi infortunio? ¡Oh, mi indulgente amiga, perdone usted mi queja! Yo sé que no me es posible conocer los designios de Dios; pero mientras más en vano le pido fuerzas para resistir a mi amor, él se la prodiga a quien no la pide, y a mí me desampara.

Pero ahoguemos esta culpable queja. ¿No sabemos que el hijo pródigo obtuvo de su madre más gracia que el hijo fiel y sumiso? ¿Qué cuentas pediremos a quien nada nos debe?

Y aunque los mortales tuviésemos algún derecho acerca de Dios, ¿cuáles serían los míos? ¿Podré jactarme de una virtud que no debo sino a Valmont? ¡Me ha salvado, y me quejo, no obstante, sufriendo por él! No, mis sufrimientos me serán caros si su dicha es el premio. Sin duda es preciso que él vuelva al padre común. Dios, que lo ha hecho, debe amar su obra. No habría creado un ser tan admirable para hacer de él un réprobo. Mía es la culpa, y el castigo de mi imprudencia audaz; ¿no debo yo sufrir el haberlo visto cuando no debía amarlo?

Mi falta y mi desgracia es haber cerrado los ojos durante tanto tiempo a esta verdad. Usted es testigo, mi querida y digna amiga, cómo me he sometido a este sacrificio, habiendo reconocido la necesidad de él; pero para que fuese completo, faltaba que monsieur de Valmont no lo participara. ¿Confesaré a usted que esta idea es la que ahora más me atormenta? Insoportable orgullo que dulcifica los males que sentimos, por los que hacemos sufrir. ¡Ah! yo venceré este corazón rebelde, yo le acostumbraré a las humillaciones.

Para lograr este propósito he consentido en recibir el jueves próximo la penosa visita de monsieur de Valmont. Yo oiré de sus labios cómo para él ya no soy nada, que la impresión débil y pasajera que había causado en él se ha borrado en absoluto. Vere sus miradas caer sobre las mías, sin emoción, frías, mientras que el temor de mostrar mi pasión me hará bajar los ojos. Las mismas cartas que durante tanto tiempo negó a mis súplicas reiteradas, las recibiré de su indiferencia; me las devolverá como objetos inútiles y que en nada le interesan; y mis manos temblorosas, al recibir este depósito vergonzoso, sentirán que las reciben de manos firmes y tranquilas. en fin, le veré alejarse... alejarse para siempre, y mis miradas le seguirán, sin ver las suyas volverse hacia mí.

¡Y yo estaba reservada a tanta humillación! ¡Ah, que sea al menos útil para mí penetrándome del sentimiento de mi debilidad!
Sí, estas cartas que él no se cuida de guardar, las conservaré como algo precioso. Me impondré la vergüenza de leerlas todos los días, hasta que mis lágrimas hayan borrado la última línea: y las suyas las quemaré, como infestadas del peligroso veneno que ha corrompido mi alma. ¡Oh! ¿qué es el amor? Huyamos de esta pasión funesta, que no permite elegir más que entre la vergüenza y la desgracia, y a veces ambas al par nos agobian; y que al menos la prudencia reemplace la virtud.

¡Qué lejos está el jueves! ¡que no pueda yo consumar al instante el sacrificio doloroso, y olvidar a un tiempo la causa y el objeto! Esta visita me importuna; me arrepiento de haberla concedido. ¿Para qué desea verme ya? ¿qué somos ya uno para otro? Si me ha ofendido, yo lo he perdonado. Le felicito de querer enmendar sus fallas. Haré más, lo imitaré; y seducida por los mismos errores, su ejemplo me redimirá. Pero cuando su proyecto es huir de mí, ¿a qué comenzar por buscarme? ¿Acaso lo que más urge para ambos no es que huyamos uno de otro? Sin duda; y en adelante tal será mi conducta.

Si usted lo permite, mi querida amiga, será a su lado donde iré a entregarme a tan difícil retiro. Si tengo necesidad de socorro y ayuda, tal ver de consuelo, no lo admitiré más que de usted. Solamente usted sale entenderme y hablar a mi corazón. Su preciosa amistad llenará toda mi existencia. Nada me parecerá difícil para secundar los cuidados que quiera otorgarme. Le deberé mi tranquilidad, mi dicha, mi virtud; y el fruto de sus bondades será haberse hecho digna de mí misma.

He divagado mucho en esta carta; lo presumo al menos por la turbación que se apodera de mí al escribirla. Si en ella hay algún sentimiento que pueda avergonzarme, cúbralo usted con su indulgente amistad. A ella me someto. No quiero ocultarle ningún movimiento de mi corazón.

Adiós, respetada amiga. Espero en breve comunicarle mi llegada.

París, 25 octubre 17...
grabado

Carta CXIV: La presidenta de Tourvel a la señora de Rosemonde

Mi querida amiga, cedo a mi gran inquietud, e ignorando si estará usted en estado de responderme, no puedo menos de interrogarle. El estado de monsieur de Valmont, que usted me anuncia sin peligro, me intranquiliza no obstante. No es raro que la melancolía y el disgusto del mundo sean síntomas prematuros de alguna enfermedad grave; los sufrimientos del cuerpo, como los del espíritu, hacen desear la soledad; y a menudo se trata de misántropo a quien deberíamos considerar como enfermo.

Me parece que debiera al menos consultar con alguien. ¿Cómo no tiene usted, también enferma, un médico cerca de sí? El mío, a quien he visto esta mañana, y a quien he consultado indirectamente, opina, que en las personas naturalmente activas esta apatía súbita no debe descuidarse, y, aludió aun que las enfermedades no ceden al tratamiento sino cuando se las ataca a tiempo. ¿Por qué abandonar a un riesgo tal a persona tan cara a usted?

Lo que redobla mi inquietud, es que desde hace cuatro días, no recibo noticias suyas. ¡Dios mío! ¿No me engaña usted sobre el estado de su salud?

¿Por qué ha cesado de escribirme tan repentinamente? Si fuera acaso el efecto de mi obstinación en enviarle sus cartas, creo que hubiera podido tomar antes tan heroico partido. En fin, sin creer en presentimientos, hace unos días que me agobia una tristeza mortal. ¡Oh! ¡tal vez espero la mayor de las desgracias!

Tal vez no crea usted, y vergüenza me cuesta el confesarlo, lo mucho que me apena el no recibir esas cartas que quizá aún rehusara leer. ¡Si yo estuviera segura que se ocupaba de mí! y viera yo algo suyo. Yo no las abría, es verdad, pero lloraba al contemplarlas, mis lágrimas eran más dulces y fáciles, y ellas disipaban en parte la pena que siento desde mi vuelta.

Ruégole mi indulgente amiga, que me escriba tan pronto como pueda, que tenga yo noticias de usted y de él.

Bien noto que apenas si le he dedicado una palabra a usted; pero conoce mis sentimientos, mi afecto sin tasa, mi tierno agradecimiento a su mucha bondad; perdonará a mi gran turbación, a mis mortales penas, y a los temores de un mal de que tal vez yo sea la causa, mi olvido de usted.

¡Dios mío! esa idea desesperante me persigue y desgarra mi corazón; ton sólo esta desgracia me faltaba, y siento haber nacido para sufrirlas todas.

Adiós, mi querida amiga; ámeme, compadézcame. ¿Tendré hoy carta de usted?

París, 16 de octubre de 17...
michelle pensativa

CARTA CVIII: LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE ROSEMONDE.

¡Oh indulgente madre mía! ¡Cuántas gracias tengo que darle! ¡Y cuánta necesidad tenía de su carta! La he leído y releído sin cesar, y no podía dejarla de las manos. A usted debo los únicos momentos menos penosos que he pasado desde mi partida. ¡cuán buena es usted! La prudencia y la virtud saben siempre compadecerse de la debilidad. Usted tiene conmiseración de mis males. ¡Ah! ¡Si los conociera!... ¡Son horribles! Yo creía haber experimentado las penas del amor. ¡Pero el tormento que no puede expresarse, aquel que es menester haberlo sufrido para formarse idea de él, es el separarse de lo que se ama, y separarse para siempre! ¡Sí, la pena que hoy me oprime se renovará mañana y toda la vida! ¡Dios mío, cuán joven soy todavía, y cuánto tiempo me queda para sufrir!

¡Ser una misma la que fabrique su desgracia, la que despedace su corazón con sus propias manos, y mientras que se sufren estos dolores insoportables, conocer a cada instante que una sola palabra puede hacerlo cesar, y que ésta no puede pronunciarse sin pecar! ¡Ah! ¡amiga mía!

Cuando tomé el partido tan penoso de alejarme de él, esperaba que la ausencia aumentaría mi valor y mis fuerzas: ¡cuánto me he engañado!

Parece, por el contrario, que ella ha acabado por destruirlas. Es cierto que tenía más que combatir; pero aun resistiendo, no era todo privación; a lo menos yo le veía algunas veces, y aun a menudo, sin atreverme a levantar los ojos para mirarle. Yo conocía que él me clavaba los suyos. Sí, amiga mía, yo lo sentía; y me parecía que me reanimaban; y aunque no los veía, no dejaban por eso de penetrar hasta mi corazón. Ahora, en mi penosa soledad, apartada de todo lo que más amo, luchando a solas con mi desgracia, todos los momentos de mi triste existencia están marcados con mis lágrimas, y nada templa mi amargura, ningún consuelo acompaña mis sacrificios; y los que he hecho hasta ahora no me han servido más que para hacerme más dolorosos los que me restan por hacer.

Ayer todavía lo he experimentado vivamente. Entre las cartas que me han entregado había una de él. Estaban aún a dos pasos de mí, y ya la había distinguido entre las demás. Me levanté involuntariamente, temblaba, apenas podía ocultar mi emoción; y, sin embargo, este estado no dejaba de causarme algún placer. Habiéndome quedarlo sola un momento después, toda esta dulzura engañosa se desvaneció, y no me ha dejado sino un sacrificio más que hacer. ¿Podía abrir esa carta, que ansiaba, sin embargo, leer?

Por la fatalidad que me persigue, los consuelos que se me presentan no hacen, por el contrario, sino imponerme nuevas privaciones; y éstas son más crueles todavía por la idea que me formo de que el señor de Valmont entra a la parte de ellas.

He aquí, en fin, este nombre que me ocupa continuamente, y que me ha costado tanto trabajo escribir; la especie de reconvención que usted me hace acerca de él me ha alarmado verdaderamente; suplícole que crea que un aparente rubor no ha alterado mi confianza en usted; ¿y por qué temeré nombrarle? ¡Ah! me avergüenzo de mis sentimientos y no del objeto que los causa. ¡Qué otro puede haber sido más digno de inspirarlos que él! Sin embargo, no sé por qué este nombre se presenta naturalmente bajo mi pluma, y aun por esta vez he tenido necesidad de reflexionar para ponerle. Vuelvo a él. Usted me dice que le ha parecido que mi partida le ha causado una viva impresión. ¿Qué es, pues lo que ha hecho? ¿qué ha dicho? ¿Ha hablado de volver a París? Le ruego que haga lo posible para quitárselo de la cabeza. Si ha juzgado, no debe incomodarse por este paso: pero debe conocer que es un partido tomado sin remedio. Uno de mis mayores tormentos es no saber lo que piensa; tengo todavía su carta... pero usted juzga, como yo, que no debo abrirla. Usted sola, mi indulgente amiga, es la que puede hacer que no esté enteramente separada de él. No es mi ánimo abusar de su bondad. Conozco bien que sus cartas no pueden ser largas. Pero usted no rehusará dos palabras a su hija; una podrá sostener su ánimo, y otra podrá consolarla.

Adiós, mi respetable amiga.

París, 5 de octubre 17...
michelle pensativa

CARTA CII: LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE ROSEMONDE

Amiga y muy señora mía: Usted se admirará cuando sepa que parto de su casa con tanta precipitación. Este paso va a parecerle muy extraordinario; pero su sorpresa se redoblará, luego que conozca los motivos. ¿Quizá juzgará que confiándoselo, no respeto bastante la tranquilidad necesaria a su edad, y que me extravío de los sentimientos de veneración que por tantos títulos se le deben? ¡Ah! perdóneme, señora, pero mi corazón está oprimido y tiene necesidad de desahogarse en el pecho de una amiga tan dulce como prudente; ¿y con quién podrá abrirse mejor que con usted? Míreme como a su hija. Tenga usted conmigo las atenciones de una madre; yo las imploro. Acaso tengo algunos derechos a ellas por el afecto que le profeso.

¿Qué se ha hecho de aquel tiempo en que, consagrada toda entera a estos loables sentimientos, no conocía los que, introduciendo en el alma el desorden mortal que experimento, quitan la fuerza de combatirlos al mismo tiempo que imponen la obligación de resistirlos? ¡Ah! este fatal viaje me ha perdido...

¡Qué le diré, en fin! ¡le diré que estoy enamorada, sí, que amo locamente! ¡Ay de mi! esta palabra que escribo por la primera vez, esta palabra solicitada tan a menudo y siempre negada, daría la vida por tener el consuelo de oírla una sola vez de aquél que la inspira; ¡y sin embargo es necesario rehusarla sin cegar! Sin duda que él va a dudar de mis sentimientos, y a creer que tiene motivos para quejarse de ellos. ¡Soy muy desgraciada! ¿no le es por ventura tan fácil leer lo que pasa en mi corazón como reinar en él? Sí, yo sufriría menos, si supiese lo que sufro; usted misma, a quien se lo digo, no podrá formarse todavía sino una débil idea.

Dentro de algunos momentos voy a huir de él y entristecerle. Al mismo tiempo que se creerá estar a mi lado, me hallaré muy lejos de él. A la hora en que tenía costumbre de verle todos los días, estaré en sitios a donde no ha venido jamás, y donde no debo permitir que venga. Ya están hechos todos mis preparativos; todo está delante de mis ojos, y no puedo fijarlos en nada que no me anuncie mi cruel partida. ¡Todo está pronto menos yo!... y cuanto más se niega mi corazón a la salida, tanto más prueba la necesidad de realizarla.

La realizaré sin duda; porque más vale morir que vivir culpable. Yo lo conozco, demasiado lo sé; no he salvado más que mi juicio, la virtud ha desaparecido. Es necesario confesárselo a usted, lo que me queda todavía, se lo debo a su generosidad. Embriagada del placer de verle, de oírle, de la dulzura de tenerla a mi lado, de la felicidad más grande de hacerlo feliz, estaba sin poder y sin fuerza, apenas me quedaba alguna para combatir, y no tenía ninguna para resistir; me estremecía a la vista del peligro sin poder evitarle. Pues ¡vea usted! Él conoció mi pena y se compadeció de mí. ¿A vista de esto podré no amarle? le debo más que la vida.

¡Ah! si yo temiera sólo perderla por estar a su lado, no crea usted que consintiera jamás en alejarme de él. ¿De qué me sirve la vida sin él, no sería demasiado feliz si la perdiera? Condenada a labrar eternamente su desgracia y la mía; a no atreverme ni a quejarme, ni a consolarle; a defenderme cada día de él y contra mí misma; afanarme en causar su dolor, cuando quisiera dedicar todos mis cuidados a su felicidad; vivir así, ¿no es morir mil veces? He aquí sin embargo la suerte que me espera. No obstante sabré sobrellevarla, y tendré valor para ello. ¡Oh! amiga mía, a quien he escogido por madre, reciba usted el juramento que hago de ejecutarlo. Reciba usted también el de que no la ocultaré ninguna de mis acciones; recíbalo, yo se lo suplico, y se lo pido como un socorro del que tengo necesidad: obligada así, a decírselo todo, me acostumbraré a creerme siempre delante de usted. Su virtud suplirá a la mía. Jamás consentiré en avergonzarme en su presencia, y contenida por este freno poderoso, mientras que la ame como a una amiga indulgente y confidenta de mi debilidad, la honraré también como a mi ángel tutelar que me salvará de la afrenta.

Es verdad que es menester haberla experimentado bastante, para hacer esta solicitud. ¡Fatal efecto, una orgullosa confianza! ¿Por qué no he tenido antes esa inclinación que he sentido nacer? Por qué me he lisonjeado de poderla dominar o vencer a mi antojo? ¡Insensata! ¡conocía yo muy poco el amor! ¡Ah! ¡si le hubiera combatido con más cuidado, habría quizá tomado menos imperio! ¡acaso no hubiera sido necesaria esta partida, o aun sometiéndome a dar este paso doloroso, habría podido no romper enteramente este trato, que hubiere bastado hacerlo menos frecuente! ¡Pero perderlo todo a un tiempo! ¡y para siempre jamás! ¡Oh, amiga mía!... ¡Pero, que aún ahora que escribo ésta me dejo arrastrar todavía, de mis sentimientos criminales! ¡Ah! partamos, partamos, y que estas culpas involuntarias sean expiadas por mi sacrificio.

Adiós, mi respetable amiga; quiérame usted como a su hija, adópteme por tal, y esté segura que, a pesar de mi debilidad, desearé antes morir que hacerme indigna de su elección.

De..., a 3 de octubre de 17..., a la una de la mañana.
michelle pensativa

CARTA XC: LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT

Muy señor mío: Tendré mucha satisfacción en que esa carta no le cause el más ligero sentimiento, y que en el caso de que le ocasione alguno, que pueda templarse con el que yo experimento al escribírsela. Usted debe conocerme bastante ahora para estar bien seguro de que mi intención no es la de afligirle, así como la de usted no será tampoco la de sumergirme en una eterna desesperación. Suplícole, pues, en nombre de la tierna amistad que le he prometido, y aun de los sentimientos quizás más vivos, pero seguramente no tan sinceros, que usted me ha manifestado, que no volvamos a vernos. Márchese pues, y hasta que esto se verifique, evitemos toda conversación particular y peligrosa, en que, por un poder inconcebible, sin lograr jamás decir a usted lo que quiero, paso el tiempo en escuchar lo que no debiera oír.

No tenía otra cosa más presente ayer, cuando vino a buscarme al parque, que decirle lo que le escribo hoy, y, sin embargo, no hice más que ocuparme de su amor... de su amor... al que no debo corresponder jamás. ¡Ah! le pido por favor que se aleje de mí. No tema que mi ausencia
entibie mis sentimientos hacia usted; ¿y cómo he de vencerlos, cuando no tengo ya valor para combatirlos? Usted ve como todo se lo digo; pues temo menos confesar mi debilidad, que sucumbir a ella; pero este imperio que he perdido sobre mis sentimientos, le conservaré sobre mis acciones; sí, le conservaré, y estoy resuelta a ello, aunque me cueste la vida. ¡Ah! no hace mucho tiempo que yo me creía segura de no tener que sostener jamás semejante combate. Yo me daba el parabién, y quizá me gloriaba demasiado. El cielo ha castigado cruelmente este orgullo; pero lleno de misericordia, al paso que nos castiga, nos advierte también antes que caigamos; y sería dos veces culpable si continuase en ser imprudente, conociendo mi debilidad.

Cien veces ha dicho usted que no quería una felicidad comprada con mis lágrimas. ¡Ah! no hablemos ya de felicidad; pero déjeme a lo menos que recobre alguna tranquilidad. Si usted me concede lo que le pido, ¡qué nuevos derechos adquirirá sobre mi corazón! Y si éstos se fundasen sobre la virtud, no podré menos de aceptarlos. ¡Cuán agradable será mi reconocimiento! Le deberé la dulzura de gozar sin remordimientos de un deliciosa placer, cuando ahora, por el contrario, horrorizada de mis pensamientos, tiemblo ocuparme igualmente de usted que de mí. La idea sola de usted me estremece, y cuando no puedo echarla de mí, trato de combatirla; no la dejo, pero la rechaza.

¿No sería mejor para ambos el hacer cesar este estado de turbación y de ansiedad?

¡Oh, caro vizconde, cuya alma siempre sensible, aun en medio de sus errores, ha conservado amor a la virtud, tenga consideración a mi deplorable estado, y no rebase mi súplica! Un interés más dulce, pero no menos tierno, sucederá a estas violentas agitaciones. Entonces respiraré con sus beneficios; desearé vivir, y diré, en medio de la alegría de mi corazón: ¿Cree usted comprar a un precio excesivo el fin de mis tormentos, con someterse a unos ligeros sacrificios, que lejos de imponerlos, se los suplico? ¡Ah! si para hacerle feliz fuera necesario consentir en ser desgraciada, créame que no dudaría un momento en ello; para ser culpable... no, no, amigo; antes moriré mil veces.

Avergonzada, y en vísperas de ser atacada por los remordimientos, temo a los otros y a mí misma. Me sonrojo cuando estoy en sociedad, y me estremezco cuando estoy sola. No arrastro ya más que una vida dolorosa, y no estaré tranquila sino cuando usted quiera. Por más loables que sean mis resoluciones, no bastan para asegurarme. He formado ésta desde ayer, y, sin embargo, he pasado toda la noche llorando. Vea a su amiga, aquella que usted ama, pedirle confusa y rendida el reposo de su inocencia.

¡Ay, Dios mío! Si usted no mediara, ¿me hubiera visto nunca precisada a hacer una súplica tan humillante? Nada le echo en cara. Demasiado conozco por mí misma cuán difícil es resistir a una pasión dominante. Una queja no es una murmuración. Haga usted por generosidad lo que yo hago por obligación, y agregárase a los sentimientos que me ha inspirado el de un eterno reconocimiento. Adiós, adiós, señor vizconde.

De..., el 27 de septiembre de 17...