CARTA CVIII: LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE ROSEMONDE.
¡Oh indulgente madre mía! ¡Cuántas gracias tengo que darle! ¡Y cuánta necesidad tenía de su carta! La he leído y releído sin cesar, y no podía dejarla de las manos. A usted debo los únicos momentos menos penosos que he pasado desde mi partida. ¡cuán buena es usted! La prudencia y la virtud saben siempre compadecerse de la debilidad. Usted tiene conmiseración de mis males. ¡Ah! ¡Si los conociera!... ¡Son horribles! Yo creía haber experimentado las penas del amor. ¡Pero el tormento que no puede expresarse, aquel que es menester haberlo sufrido para formarse idea de él, es el separarse de lo que se ama, y separarse para siempre! ¡Sí, la pena que hoy me oprime se renovará mañana y toda la vida! ¡Dios mío, cuán joven soy todavía, y cuánto tiempo me queda para sufrir!
¡Ser una misma la que fabrique su desgracia, la que despedace su corazón con sus propias manos, y mientras que se sufren estos dolores insoportables, conocer a cada instante que una sola palabra puede hacerlo cesar, y que ésta no puede pronunciarse sin pecar! ¡Ah! ¡amiga mía!
Cuando tomé el partido tan penoso de alejarme de él, esperaba que la ausencia aumentaría mi valor y mis fuerzas: ¡cuánto me he engañado!
Parece, por el contrario, que ella ha acabado por destruirlas. Es cierto que tenía más que combatir; pero aun resistiendo, no era todo privación; a lo menos yo le veía algunas veces, y aun a menudo, sin atreverme a levantar los ojos para mirarle. Yo conocía que él me clavaba los suyos. Sí, amiga mía, yo lo sentía; y me parecía que me reanimaban; y aunque no los veía, no dejaban por eso de penetrar hasta mi corazón. Ahora, en mi penosa soledad, apartada de todo lo que más amo, luchando a solas con mi desgracia, todos los momentos de mi triste existencia están marcados con mis lágrimas, y nada templa mi amargura, ningún consuelo acompaña mis sacrificios; y los que he hecho hasta ahora no me han servido más que para hacerme más dolorosos los que me restan por hacer.
Ayer todavía lo he experimentado vivamente. Entre las cartas que me han entregado había una de él. Estaban aún a dos pasos de mí, y ya la había distinguido entre las demás. Me levanté involuntariamente, temblaba, apenas podía ocultar mi emoción; y, sin embargo, este estado no dejaba de causarme algún placer. Habiéndome quedarlo sola un momento después, toda esta dulzura engañosa se desvaneció, y no me ha dejado sino un sacrificio más que hacer. ¿Podía abrir esa carta, que ansiaba, sin embargo, leer?
Por la fatalidad que me persigue, los consuelos que se me presentan no hacen, por el contrario, sino imponerme nuevas privaciones; y éstas son más crueles todavía por la idea que me formo de que el señor de Valmont entra a la parte de ellas.
He aquí, en fin, este nombre que me ocupa continuamente, y que me ha costado tanto trabajo escribir; la especie de reconvención que usted me hace acerca de él me ha alarmado verdaderamente; suplícole que crea que un aparente rubor no ha alterado mi confianza en usted; ¿y por qué temeré nombrarle? ¡Ah! me avergüenzo de mis sentimientos y no del objeto que los causa. ¡Qué otro puede haber sido más digno de inspirarlos que él! Sin embargo, no sé por qué este nombre se presenta naturalmente bajo mi pluma, y aun por esta vez he tenido necesidad de reflexionar para ponerle. Vuelvo a él. Usted me dice que le ha parecido que mi partida le ha causado una viva impresión. ¿Qué es, pues lo que ha hecho? ¿qué ha dicho? ¿Ha hablado de volver a París? Le ruego que haga lo posible para quitárselo de la cabeza. Si ha juzgado, no debe incomodarse por este paso: pero debe conocer que es un partido tomado sin remedio. Uno de mis mayores tormentos es no saber lo que piensa; tengo todavía su carta... pero usted juzga, como yo, que no debo abrirla. Usted sola, mi indulgente amiga, es la que puede hacer que no esté enteramente separada de él. No es mi ánimo abusar de su bondad. Conozco bien que sus cartas no pueden ser largas. Pero usted no rehusará dos palabras a su hija; una podrá sostener su ánimo, y otra podrá consolarla.
Adiós, mi respetable amiga.
París, 5 de octubre 17...
¡Ser una misma la que fabrique su desgracia, la que despedace su corazón con sus propias manos, y mientras que se sufren estos dolores insoportables, conocer a cada instante que una sola palabra puede hacerlo cesar, y que ésta no puede pronunciarse sin pecar! ¡Ah! ¡amiga mía!
Cuando tomé el partido tan penoso de alejarme de él, esperaba que la ausencia aumentaría mi valor y mis fuerzas: ¡cuánto me he engañado!
Parece, por el contrario, que ella ha acabado por destruirlas. Es cierto que tenía más que combatir; pero aun resistiendo, no era todo privación; a lo menos yo le veía algunas veces, y aun a menudo, sin atreverme a levantar los ojos para mirarle. Yo conocía que él me clavaba los suyos. Sí, amiga mía, yo lo sentía; y me parecía que me reanimaban; y aunque no los veía, no dejaban por eso de penetrar hasta mi corazón. Ahora, en mi penosa soledad, apartada de todo lo que más amo, luchando a solas con mi desgracia, todos los momentos de mi triste existencia están marcados con mis lágrimas, y nada templa mi amargura, ningún consuelo acompaña mis sacrificios; y los que he hecho hasta ahora no me han servido más que para hacerme más dolorosos los que me restan por hacer.
Ayer todavía lo he experimentado vivamente. Entre las cartas que me han entregado había una de él. Estaban aún a dos pasos de mí, y ya la había distinguido entre las demás. Me levanté involuntariamente, temblaba, apenas podía ocultar mi emoción; y, sin embargo, este estado no dejaba de causarme algún placer. Habiéndome quedarlo sola un momento después, toda esta dulzura engañosa se desvaneció, y no me ha dejado sino un sacrificio más que hacer. ¿Podía abrir esa carta, que ansiaba, sin embargo, leer?
Por la fatalidad que me persigue, los consuelos que se me presentan no hacen, por el contrario, sino imponerme nuevas privaciones; y éstas son más crueles todavía por la idea que me formo de que el señor de Valmont entra a la parte de ellas.
He aquí, en fin, este nombre que me ocupa continuamente, y que me ha costado tanto trabajo escribir; la especie de reconvención que usted me hace acerca de él me ha alarmado verdaderamente; suplícole que crea que un aparente rubor no ha alterado mi confianza en usted; ¿y por qué temeré nombrarle? ¡Ah! me avergüenzo de mis sentimientos y no del objeto que los causa. ¡Qué otro puede haber sido más digno de inspirarlos que él! Sin embargo, no sé por qué este nombre se presenta naturalmente bajo mi pluma, y aun por esta vez he tenido necesidad de reflexionar para ponerle. Vuelvo a él. Usted me dice que le ha parecido que mi partida le ha causado una viva impresión. ¿Qué es, pues lo que ha hecho? ¿qué ha dicho? ¿Ha hablado de volver a París? Le ruego que haga lo posible para quitárselo de la cabeza. Si ha juzgado, no debe incomodarse por este paso: pero debe conocer que es un partido tomado sin remedio. Uno de mis mayores tormentos es no saber lo que piensa; tengo todavía su carta... pero usted juzga, como yo, que no debo abrirla. Usted sola, mi indulgente amiga, es la que puede hacer que no esté enteramente separada de él. No es mi ánimo abusar de su bondad. Conozco bien que sus cartas no pueden ser largas. Pero usted no rehusará dos palabras a su hija; una podrá sostener su ánimo, y otra podrá consolarla.
Adiós, mi respetable amiga.
París, 5 de octubre 17...