pluma

Carta CLXXII: La Señora de Rosemonde a la Señora de Volanges

Si hubiese tenido, mi querida amiga, que ir a buscar a París las aclaraciones que me pide acerca de madame de Merteuil, no me sería posible dárselas todavía; y yo no las hubiese obtenido indudablemente sino vagas e inciertas; pero he recibido unas que no esperaba, ni tenía razones para esperar, pero que llevan al ánimo una gran certidumbre. ¡Oh, amiga mía, cómo la ha engañado esa mujer!

Me repugna entrar en detalles de ese conjunto de horrores; pero todo cuanto se insinúe, esté usted cierta que está muy por debajo de la verdad. Espero, querida amiga, que me conozca lo bastante para creerme bajo mi palabra y que no ha de exigirme prueba alguna. Bástele saber que tengo una multitud de ellas, en este instante, en mis manos.

No es menor la pena que me causa el hacerle idéntica súplica de que no me obligue a exponerle los motivos en que se funda el consejo que me pide, relativo a mademoiselle de Volanges. La exhorto a que no se oponga a la vocación que manifiesta. Seguramente no existe razón alguna que autorice para obligar a tomar este estado, cuando la persona no es a él llamada; pero algunas veces es una gran fortuna que lo sea, y usted ve que su hija le dice que no la desaprobaría si conociese los motivos. El que nos inspira nuestros sentimientos sabe mejor que nuestra vana sabiduría lo que a cada cual conviene, y con frecuencia lo que parece un acto de su severidad es, por el contrario, un acto de su clemencia.

En fin, mi opinión, que yo sentiría que la aflija, y que por lo mismo debe creer que no la emito sin haberla madurado mucho, es que deje a mademoiselle en el convento, pues que ha elegido este partido; que, lejos de contrariar, facilite el proyecto que parece haber formado, y que, esperando su realización, no dude usted en romper el matrimonio que estaba proyectado.

Después de haber cumplido estos penosos deberes de amistad, y no siéndome posible enviarle consuelo alguno, el favor que me queda que pedirle, mi querida amiga, es que no me pregunte nada más sobre lo que se refiera a estos tristes acontecimientos; dejémoslos en el olvido que les conviene, y sin buscar inútiles y desconsoladoras aclaraciones sometámonos a los decretos de la Providencia y creamos en la sabiduría de sus designios hasta cuando nosotros no alcanzamos a comprenderlos.

Adiós, mi querida amiga.

Castillo de..., 15 de diciembre de 17...
pluma

Carta CLXXI: La Señora de Rosemonde al Caballero Danceny

Después de lo que usted me ha comunicado, señor, no hay más remedio que llorar y callarse. Se siente vivir aún, cuando se conocen horrores semejantes, se avergüenza una de ser mujer cuando se sabe que hay una capaz de tales demasías.

Me prestaría de buena gana, señor, por lo que a mí atañe, a dejar en el silencio y a dar al olvido todo cuanto recordase o pudiese dar lugar a tristes acontecimientos. Hasta deseo que éstos no causen a usted más dolor nunca que los inherentes a la infausta ventaja que ha logrado sobre mi sobrino. A pesar de sus extravíos, que no puedo por menos de reconocer, sé que no podré jamás consolarme de su pérdida; pero mi eterna aflicción será la única venganza que me permitiré tomar de usted. A su corazón incumbe el apreciar el valor de ella.

Si usted me permite que, a mi edad, le haga una reflexión que no suele hacerse a la suya, le diré que si tuviésemos una idea clara de aquello en que la verdadera felicidad consiste, no iríamos nunca a buscarla fuera de los límites marcados por las leyes y la religión.

Puede estar seguro de que yo guardaré gustosa y fielmente el depósito que me ha confiado; pero le ruego que me autorice a no entregárselo a nadie, ni a usted mismo, señor, a menos que fuese necesario a su justificación. Me atrevo a creer que usted no desoirá este ruego, y que no querrá experimentar de nuevo, en sí mismo, cuánto se padece después de haber satisfecho aun la más justa venganza.

No ceso en mis pretensiones todavía, persuadida como estoy de su generosidad y delicadeza; sería muy digno de ambas que usted pusiera en mis manos también las cartas de mademoiselle de Volanges, que sin duda conserva y que ya no le interesan. Sé que esta joven ha cometido varias faltas para con usted, pero no creo que usted trate de castigarlas; y, aunque no sea más que por el propio respeto, no querrá envilecer a la persona que tanto ha amado. No tengo necesidad de añadir que las consideraciones a que no es acreedora la hija, las merece la madre, esa respetable señora, respecto de la cual tiene usted no poco que reparar; porque, en fin, sean cuales fuesen las ilusiones que tratemos de hacernos a nosotros mismos por una pretendida delicadeza de sentimientos, es lo cierto que el primero que intenta seducir un corazón todavía sencillo y honrado, se hace por este solo hecho el primer cómplice de su corrupción, y debe ser siempre responsable de los excesos y extravíos que después sobrevengan.

No le extrañe, señor, tanta severidad de mi parte; ésta es la mayor prueba que puedo darle de mi completa estimación. Usted adquirirá nuevos títulos a ella si se presta, como yo deseo, a la seguridad de un secreto cuya publicidad perjudicaría a usted mismo, y llevaría la muerte a un corazón maternal que ya ha herido. En fin, señor, yo deseo prestar este servicio a mi amiga, y si temiese que usted iba a negarme este consuelo, le rogaría que pensara que éste es el único que me ha dejado.

Tengo la honra de ser, etc.

Castillo de..., 15 de diciembre de 17...
pluma

CARTA CLXVII: ANÓNIMO AL CABALLERO DANCENY

Señor: tengo la honra de prevenirle de que esta mañana, en la Audiencia, han hablado los agentes de la justicia de la cuestión que usted ha tenido en estos días con el señor vizconde de Valmont; y de que es de temer que el ministerio público intervenga en este asunto. He creído que esta advertencia podría serle útil, ya para invocar el auxilio de sus protectores, y evitar así enojosas consecuencias, ya para poder, en el caso de que no fueran eficaces las influencias, tomar las necesarias precauciones personales.

Si usted me permite que le dé un consejo, creo que haría muy bien en presentarse en público, durante algún tiempo, menos de lo que lo hace, de años días a esta parte. Aunque ordinariamente se es muy indulgente para esta clase de lances, se debe, sin embargo, ese respeto a la ley.

Esta precaución se hace tanto más necesaria, cuanto que he averiguado que una cierta madame de Rosemonde, que dicen que es tía de monsieur de Valmont, quería encausar a usted; y en este caso, el ministerio público no podría negarse a su demanda. Sería, tal vez, conveniente que usted pudiese hacer hablar a esa señora.

Razones particulares me impiden firmar esta carta. Pero creo que, no por ignorar de quien procede, hará menos justicia a los sentimientos que la dictan.
Tengo la honra de ser, etc.

París, 10 de diciembre de 17...
pluma

CARTA CLXVI: EL SEÑOR BERTRAND A LA SEÑORA DE ROSEMONDE

Señora: a consecuencia de las órdenes que vuestra merced ha tenido a bien comunicarme, he tenido la honra de ver al señor presidente de... y le he enseñado la carta de vuestra merced, previniéndole que, según sus deseos, obraría conforme a los consejos que él me diese. Este respetable magistrado me ha encargado que llame la atención de vuestra merced sobre lo mucho que perjudicaría a la buena memoria de su sobrino, cuya honra padecería sin duda por la sentencia del tribunal, la causa que intenta contra el caballero Danceny. Su opinión es, pues, que vuestra merced debe abstenerse de toda gestión; y que si hay algo que hacer es, por el contrario, tratar de evitar que el ministerio público tenga conocimiento de esta desgraciada aventura que ya ha cundido demasiado.

Estas observaciones me han parecido muy prudentes, y yo he decidido esperar nuevas órdenes de vuestra merced.

Permítame, señora, que le suplique que, al tiempo de transmitírmela, me dé noticias acerca del estado de su salud, por la cual abrigo ciertos temores, después de tantas penas. Espero que vuestra merced perdonará esta libertad a mi lealtad y a mi celo.

Soy de vuestra merced, señora, con respeto, etc.

París, 10 de diciembre de 17...
pluma

CARTA CLXIV: LA SEÑORA DE ROSEMONDE AL SEÑOR BERTRAND

En este momento recibo su carta y sé por ella, querido Bertrand, el triste acontecimiento de que mi sobrino ha sido la desgraciada víctima. Sí, sin duda tengo órdenes que dar, y sólo por este motivo me ocupo de cosas ajenas a mi mortal aflicción.

La carta que me envía de monsieur Danceny es una prueba convincente de que él es quien ha provocado el duelo, y mi deseo es que vuestra merced presente al instante, en mi nombre, la oportuna reclamación. Perdonando a su enemigo, a su matador, ha podido mi sobrino satisfacer su natural generosidad; pero yo debo vengar a la vez su muerte, la humanidad y la religión. Nunca podrá recomendarse bastante la severidad de las leyes contra este resto de barbarie y no creo que en este caso nos esté mandado perdonar las injurias. Espero, pues, que usted emprenda este asunto con todo el celo y actividad de que le reconozco capaz y que se debe a la memoria de mi sobrino.

Cuidará usted, ante todo, de ver de mi parte al señor presidente de... y de conferenciar con él. Yo no le escribo, pues no tengo ánimo más que para entregarme a mi dolor por completo. Usted le presentará mis disculpas y le enseñará esta carta.

Adiós, mi querido Bertrand; le alabo y doy gracias por sus buenos sentimientos y soy su afectísima.

Castillo de..., 8 de diciembre de 17...
pluma

CARTA CLXIII: EL SEÑOR BERTRAND A LA SEÑORA DE ROSEMONDE

Señora: con gran sentimiento cumplo con el triste deber de comunicarle una noticia que ha de causarle honda pena. Permítame que le recomiende antes aquella piadosa resignación que todos hemos en vuestra merced admirado tan a menudo, y que es la que solamente puede hacernos sobrellevar las desgracias de que está sembrada nuestra miserable vida.

El sobrino de vuestra merced... Dios mío, ¡es necesario que yo aflija tanto a tan respetable señora! El sobrino de vuestra merced ha tenido la desgracia de sucumbir en un duelo que ha tenido esta mañana con el caballero Danceny. Ignoro, en absoluto, el motivo de la cuestión; pero parece, por la carta que he encontrarlo en el bolsillo del señor vizconde, y que tengo la honra de remitir a vuestra merced, que no era él el agresor. ¡Y es preciso que sea aquel que el cielo ha permitido que sucumba!

Estaba en casa del señor vizconde esperándole, a la misma hora en que lo llevaron a ella. Figúrese vuestra merced mi espanto, al ver a su sobrino en brazos de dos criados y todo bañado en sangre. Tenía dos estocadas en el cuerpo y estaba ya muy débil. Monsieur Danceny estaba allí también y hasta lloraba. ¡Ah! ¡Sin duda debe llorar, pero no es ya tiempo de derramar lágrimas cuando se ha causado una desgracia irreparable! En cuanto a mí, no podía dominarme; y a pesar de lo poco que valgo, no dejaba por eso de expresar mi pensamiento. Entonces es cuando se mostró el señor vizconde verdaderamente grande. Me mandó callar, estrechó la mano de su matador, le llamó su amigo y le abrazó delante de todos, diciéndonos: "Os mando guardar a este señor todas las consideraciones debidas a un hombre galante y valiente." Ha hecho además que se le entreguen legajos muy voluminosos, que yo no conocía, pero a los cuales sé que atribuía mucha importancia. En seguida quiso quedarse con su adversario a solas un momento. Sin embargo, yo había enviado a buscar todos los socorros necesarios, así temporales como espirituales. Pero, ¡ay! El mal no tenía remedio. Menos de media hora después, el señor vizconde había perdido el conocimiento. No ha podido recibir más que la Extrema Unción; y apenas le fue administrada, exhaló el último suspiro.

¡Oh, Dios mío! Cuando, al nacer, recibí entre mis brazos a aquel precioso vástago de tan ilustre casa, ¿quién había de sospechar que expiraría en mis brazos también y que yo tendría que llorar su muerte?

¡Una muerte tan temprana y tan desgraciada! ¡Corren mis lágrimas a pesar mío! Pillo a vuestra merced perdón, señora, por haberme atrevido a mezclar mis dolores con los suyos; pero en todos los estados se tiene corazón y sensibilidad, y yo sería muy ingrato si no llorara toda mi vida a un señor que tantas bondades tenía para mí y que me honraba con tanta confianza.

Mañana, después de que salga de aquí el cadáver, haré sellarlo todo, y vuestra merced puede estar completamente tranquila y confiada en mí. Vuestra merced no ignora que este desgraciado acontecimiento acaba la sustitución y hace sus disposiciones completamente libres. Si yo puedo ser a vuestra merced útil, le ruego que tenga a bien comunicarme sus órdenes; yo pondré todo mi celo en ejecutarlas fielmente.

Soy de vuestra merced, con el más profundo respeto, muy humilde servidor,

BERTRAND.
París, 7 de diciembre de 17...
pluma

Carta CXXX: La señora de Rosemonde a la Presidenta de Tourvel

¿Por qué, hermosa mía, no quiere usted ser mi hija? ¿Por qué parece anunciarme que va a suspender toda correspondencia conmigo? ¿Es para castigarme por no haber adivinado lo que era completamente inverosímil? ¿O sospecha que he querido afligirla voluntariamente? No, conozco su corazón demasiado para creer que piensa así del mío. Así es que la pena que me ha causado su carta no es tan grande como la que le ha causado a usted misma.

¡Oh, mi joven amiga, lo digo con dolor! Usted es tan digna de ser amada que nunca el amor podrá hacerla dichosa. ¿Qué mujer verdaderamente delicada y sensible no ha encontrado su desgracia en ese sentimiento mismo que le prometía tanta felicidad? ¿Acaso saben apreciar los hombres a la mujer que poseen?

No es que muchas no sean honradas en sus procedimientos y constantes en sus afecciones; sino que entre las mismas que lo son, hay muy pocas que sepan ponerse al unísono con nuestro corazón. No crea, querida mía, que el amor de ellos es semejante al nuestro. Experimenta, sí, la misma embriaguez; a menudo sienten más entusiasmo, pero no conocen ese interés inquieto, esa solicitud delicada que produce en nosotras tiernos y constantes cuidados y cuyo único objeto es siempre la persona amada. El hombre goza de la felicidad que siente, y la mujer de la que ella se procura. Esta diferencia tan esencial y tan poco notada, influye, sin embargo, de una macera muy sensible en el conjunto de su respectiva conducta. El placer del uno es satisfacer deseos; el de la otra es, sobre todo, hacerlos nacer. Complacer no es para él más que un medio de alcanzar el éxito. Y la coquetería tan frecuentemente censurada en las mujeres, no es sino el olvido de este modo de sentir, y esto mismo demuestra la verdad de sus sentimientos. En fin, ese gusto exclusivo que caracteriza particularmente al amor, no es en el hombre más que una preferencia que sirve, a lo sumo, para aumentar un placer que otro objeto tal vez entibiaría pero no podría destruir; en tanto que en las mujeres es un sentimiento profundo, que no sólo anula todo deseo extraño, sino que, más fuerte que la naturaleza, y sustraída a su influjo, no le deja experimentar más que repugnancia y disgusto allí donde le parecía que debía nacer la voluptuosidad.

Y no crea usted que las excepciones más o menos numerosas que pueden citarse refutan victoriosamente estas verdades generales. Están ellas garantizadas por la voz pública, que únicamente por lo que se refiere a los hombres ha distinguido la infidelidad de la inconstancia: distinción de que ellos mismos se envanecen cuando debiera humillarles; y que en nuestro sexo no ha sido jamás adoptada más que por mujeres depravadas que son vergüenza nuestra, y a quienes todo medio parece bueno si por él pueden salvarse del sentimiento humillante de su bajeza.

He creído, querida mía, que podía serle útil tener estas reflexiones para oponer a las ideas quiméricas de una felicidad perfecta con que el amor no deja nunca de engañar nuestra imaginación: esperanza engañadora, que se mantiene todavía hasta cuando ya es forzoso abandonarla, y cuya pérdida irrita y multiplica las penas, ya demasiado reales, inseparables de una pasión viva. Esta misión de endulzar las penas de usted y de disminuir su número, es la única que me propongo y la única que puedo cumplir en este momento.

En las enfermedades incurables, los remedios no pueden, referirse más que al régimen. Lo que pido a usted únicamente es que recuerde que compadecer a un enfermo no es curarle. ¿Quiénes somos para censurar nos los unos a los otros? Dejemos el derecho de juzgar al único que lee en los corazones, y hasta me atrevo a creer que ante sus ojos paternales una multitud de virtudes pueden adquirirse por una debilidad.

Pero le recomiendo ante todo, querida amiga, que evite resoluciones violentas, que denotan menos la fuerza que el más completo desaliento: no olvide que haciendo a otro dueño de su existencia, sirviéndome de su misma expresión, no ha podido, sin embargo, vencer a los amigos que la poseían antes, y que no cesarán nunca de reclamar.

Adiós, mi querida hija, piense usted alguna vez en su tierna madre, y crea que será siempre, y sobre todo, el objeto de sus más cariñosos pensamientos.

Castillo de..., 4 noviembre de 17...
pluma

Carta CXXVI: La Señora de Rosemonde a la Presidenta de Tourvel

Antes le hubiera respondido, amada niña, si la fatiga de la última carta no me hubiera devuelto mis dolores, que me han privado durante estos días del uso de mi brazo.

Ansiaba testificarle mi agradecimiento por las noticias que me comunicaba acerca de mi sobrino, y felicitarla por ellas sinceramente. Sí, querida bella. Dios que sólo quería probarla, la ha socorrido cuando llegaba el momento en que las fuerzas parecían abandonar a usted. Preciso es reconocer en esto el sabio consejo de la Providencia, que ha salvado a la vez a usted y a mi querido sobrino. Mucho le debe, querida, a la divina Omnipotencia, y algún motivo de arrepentimiento será sin duda para usted haber dudado de ella un salo momento. Comprendo, sin embargo, que deplorará no haber tomado la iniciativa de esa resolución, y que la de Valmont hubiese venido en consecuencia de ella, lo que hubiera conservado mejor los derechos de nuestro sexo, pensando mundanamente en el caso. Pero ¿qué importan estas imperfecciones accidentales cuando los hechos han cumplido una finalidad? ¿Acaso quien escapa al naufragio se lamenta del medio a que debe la vida?

Pronto verá usted cómo las hondas penas que sentía, se alejan; y aunque subsistieran en todo su rigor ¡cuán preferibles no serán siempre a los remordimientos de un crimen o al desprecio que de sí misma habría de sentir usted! En vano antes de ahora le hubiera hablado yo con esta aparente seguridad; el amor es un sentimiento indomable, que la prudencia evita, pero no puede vencer; y que una vez nacido, muere de muerte natural o por ausencia completa de esperanza. Éste es el caso en que usted se encuentra, y que me da el valor y el derecho de hablarle con franqueza. Es cruel horrorizar al enfermo desesperado que no es susceptible de consuelo ni de alivio; pero es sabio mostrar a un convaleciente los peligros que ha corrido, para inspirarle la prudencia que necesita, y la sumisión a los consejos que aún puede utilizar.

Puesto que usted me elige como médico, como tal le hablaré, asegurándole que los dolores que ahora siente, y que tal vez exijan algunos remedios, no son nada en comparación de la horrible enfermedad de la que con bien saliera usted. Como amiga suya que soy, mujer razonable y virtuosa, me permitiré decir que esta pasión que la ha subyugado, tan desgraciada por sí misma, lo era aún más por su objeto. Si he de creer lo que se me dice de mi sobrino, a quien amo con verdadero cariño, y que reúne en efecto muchas cualidades loables y muchos atractivos, es un hombre funesto para las mujeres que persigue, igualmente para seducir que perderlas. Tal vez usted lo hubiera convertido. Nadie sería más digno de esto; pero tantas se han jactado de ello que nada han conseguido, y mucho me alegra no ver a usted reducida a este recurso.

Considere ahora, mi querida bella, que en vez de tantos peligros como hubiera corrido, tendrá más el reposo de la conciencia, la satisfacción de haber determinado la conversión de Valmont. No dudo que sea obra de su valiente resistencia; y que un momento de debilidad de su parte, hubiera perdido a mi sobrino para siempre. Me agrada pensar así, y espero que usted piense lo mismo; en ello encontrará los primeros consuelos, y yo nuevas razones para amarla más.

La espero de un día a otro, en cumplimiento de lo que me anuncia. Venga usted a encontrar la calma y la dicha en los lugares donde la ha perdido: venga a gozar de la gran satisfacción de haber cumplirlo la promesa de no hacer nada que no sea digno de ella y de usted.

Castillo de... 30 octubre 17...
pluma

CARTA CXXIII: EL PADRE ANSELMO AL VIZCONDE DE VALMONT

He recibido, señor vizconde, la carta con que usted me ha honrado, e inmediatamente he ido en busca de la persona indicada. Le he expuesto el objeto y los motivos del asunto. Aunque muy poco apegada la encontré al sabio partido que había adoptado desde luego, habiéndole demostrado que por su negativa pondría un obstáculo a la vuelta feliz de usted, oponiéndose al par a las miras misericordiosas de la Providencia, ha consentido en recibir la visita de usted, a condición tan sólo que sea la última, y me ha encargado que le anuncie que estará en su casa el próximo jueves, 28. Si este día no conviniera, puede comunicárselo e indicarle otro. La carta de usted será recibida.

Sin embargo, señor vizconde, permítame que le invite a no diferir sin razones suficientes la visita, con el fin de entregarse antes y por entero a las loables disposiciones que me testificara. Piense que el que tarda en aprovechar el momento de la gracia, se expone a que le sea retirada; que si la bondad divina es infinita, el uso de ella se rige por leyes de justicia; y que puede llegar un momento en que el Dios de misericordia se cambie en un Dios de venganza.

Si usted continúa honrándome con su confianza, le ruego que crea cómo todos mis cuidados serán puestos en obra tan pronto como usted lo indique; por grandes que sean mis ocupaciones, mi más importante asunto será el cumplir con el santo ministerio a que yo particularmente me dedico; y el momento más bello de mi vida, será aquel en que vea prosperar mis esfuerzos por la bendición del Todopoderoso. Débiles pecadores, nada podemos para con nosotros mismos, Dios lo puede todo; y nosotros debemos igualmente a su bondad el deseo de unirle a Él, y yo, los medios de conducir a Él a usted. Con su ayuda, espero convencerle pronto de que solamente la santa religión puede dar, en este mundo, la dicha sólida y durable que en vano se busca contra las pasiones del mundo. Reciba usted mis más humildes respetos.

París, 25 octubre 17...
pluma

CARTA CXXII: LA SEÑORA DE ROSEMONDE A LA PRESIDENTA DE TOURVEL.

Esperaba, querida hija mía, poder calmar sus inquietudes, y voy a aumentarlas. Tranquilícese usted, no obstante; mi sobrino en nada peligra: no puede decirse que esté en realidad enfermo. Pero algo extraordinario pasa en él. Nada comprendo, y he salido, sin embargo, de su habitación con un sentimiento de tristeza, casi de horror, que me reprocho de comunicarle, y que, no obstante, es imposible que omita en mi carta. He aquí el relato de lo ocurrido; puede estar segura usted de su fidelidad: que muchos años he de vivir para olvidar la triste escena presenciada.

He estado esta mañana en casa de mi sobrino; le encontré escribiendo, y rodeado de varios montones de papel, que parecían los objetos de su trabajo. En ellos se ocupaba cuando yo estaba en medio de la habitación, antes que hubiese advertido mi llegada. En cuanto me vio, noté que al levantarse trataba de componer y calmar su semblante, lo que me hizo fijarme aún más en él. Estaba, a la verdad, descocado, pero le encontré más pálido y mustio y el rostro visiblemente alterado. Su mirada viva y alegre, estaba triste y abatida; en fin, sea dicho entre nosotras, no hubiera deseado que usted lo hubiese visto así; porque su aspecto tenía ese aire especial que inspira la piedad y la emoción que acarrea el amor e inspira pasiones peligrosas.

No obstante mi extrañeza, comencé la conversación como si nada hubiera notado. Le hablé desde luego de su salud, y sin decirme que era buena, tampoco se queja de quebranto alguno, de dolencia determinada. Quejéme entonces de su retirada que iba tomando aspecto de manía, y traté de alegrar un tanto mi reprimenda; pero él me respondió tan sólo y con tono resuelto: "Es un error más, lo confieso; pero será reparado como los otros." Su expresión, aún más que su palabra, dio en tierra con mi jovialidad, y me apresuré a decirle que daba demasiada importancia a un simple reproche de la amistad.

Nos pusimos a conversar tranquilamente, y me dijo poco tiempo después, que tal vez un asunto, el más importante de su vida, le llamaría en breve a París; pero como yo temiera adivinarlo, mi querida, y como me viera próxima a una confidencia que yo no buscaba, guardéme bien de hacerle pregunta alguna, y me contenté con recomendarle menos disipación, como provechoso a su salud. Le añadí que por esta vez no haría ninguna nueva instancia, y que amaba a mis amigos por sí mismos; y entonces, cogiéndome ambas manos, y con tal vehemencia como nunca sabría pintaros, me dijo: "Sí, amada tía, ame usted mucho a un sobrino que os respeta y venera; y como usted dice, ámele por sí mismo. No se aflija usted de su dicha, y no turbe usted con pena alguna la eterna tranquilidad que pronto espera gozar. Repítame que me ama, que me perdona; sí, usted sabrá perdonarme; su bondad conozco y no dudo de su indulgencia: pero, ¿cómo esperarla de aquellos a quienes tanto he ofendido?" Y baja la cabeza para ocultar, yo creo, señales del dolor que pregonaba su voz a pesar suyo.

Conmovida como excuso decirle, me levanté precipitadamente y, notando sin duda mi turbación, puesto que hubo de reponerse al punto: "Perdón añadió, señora, conozco mi extravío. Ruégole que olvide mis palabras, y sólo recuerde mi profundo respeto. No dejaré, agregó aún, de repetir a usted igual homenaje antes de mi marcha." Después de esta frase, me pareció oportuno terminar mi visita, y me marché en efecto.

Mientras más reflexiono, menos adivino cuanto ha querido decirme. ¿Qué asunto es ése, el más grande de su vida? Por qué me pide perdón? ¿De dónde proviene tan súbita ternura al hablarme? Mil veces pregunto lo mismo, y mil veces aguardo en vano una respuesta. Nada veo aquí que a usted ataba; sin embargo, como los ojos del amor tienen doble alcance que los de la amistad, no quiero dejarla en ignorancia de nada de cuanto ocurre.

En cuatro veces he escrito esta carta, y hubiera sido más extensa a no ser por el cansancio que siento.

Castillo de..., 25 de octubre de 17...