Abstract
Nos enfrentamos con la realidad como si fuera una única posibilidad, nos enfrentamos con nuestro pensamiento e imaginación como si fuera algo concreto o exacto o surgido de un logos. Vemos al otro como si fuera yo mismo o como combatiente con una imposibilidad de comprenderme o, directamente, no lo vemos. Me veo a mí mismo como ese yo hiperreal o frustrado o inferior o superior o… Si no puedo mirar hacia fuera, tampoco hacia el otro ni siquiera a mí mismo, ¿dónde mirar para ver?, ¿dónde escuchar para comprender?, ¿dónde pensar para imaginar, dialogar, vivir? El teatro presenta y representa todo aquello que se da como posibilidad, pero sin la agresividad (que no sin crueldad) que en nuestros tiempos lleva al bloqueo, al simulacro, al personaje o al mercado. Necesitamos de un pacto curioso y no explícito pero comprendido —heredado ya desde antiguo—; necesitamos de algo que nos cuente lo que somos con una veladura característica que nos permita mirar de frente; necesitamos comprender que solo desde una mentira sincera, podemos alcanzar lo que alguien soñó como verdad. El teatro te hace ser el Otro que te enseña lo que tú no ves en ti, o su aproximación o la posibilidad.