16. Aroma
Claim: Kaworu/Shinji
Tabla: Lemon 1
Número: #16 Aroma
Rating: T
Advertencias: -
Título de la historia: 'Hold my hand'
Notas de la autora: Alguien me dijo una vez: "Me pregunto, querida Wlanki, qué resquicio le dejas.", y me quedé muy, muy picada por ello. Esa frase me había matado, ¡quería comprobar que le quedaba algo por lo que vivir! Y gracias a eso, salió este capítulo. Así que,
16. Aroma
Shinji lo sabía muy bien. Sabía que nada volvería a ser como antes, Shinji sabía demasiado bien que los pocos días a su lado compondrían lo más único y especial que una vez conocería, lo mejor que esa vieja estación de hierro podría albergar para él en los años entrantes. Shinji sabía perfectamente que sería incapaz de amar a alguien como lo amó a él, y que probablemente nadie jamás sería capaz de quererle como lo hacía él.
Shinji no ignoraba ni obviaba nada, sabía que nada volvería a ser como lo que conoció aquellos días de descanso. Pero, a pesar de ello, se aferró a la idea de volver a encontrarlo.
Se despertaba por las noches de sueños en los que Kaworu aparecía por él, palpaba el colchón a su lado para abrazarle, deseaba sus tranquilas respiraciones a su lado. Shinji quería volverle a ver, Shinji quería despertar y verle, Shinji le quería a él ahí.
Iba de aquí para allí sin rumbo fijo, se aferraba a frases sencillas para hacerse entender, comía sin comer y dormía sin dormir. Era vida lo que vivía, pero no era la que conoció en los ojos carmines de su amante fugaz. Aquello quedaba lejano a la realidad.
La gente a su alrededor tenía órdenes de dejarle tranquilo, sabía perfectamente cómo actuaba Shinji y cómo actuó para dar muerte a la que fue su vida. La gente de su alrededor se preocupaba por él y les daba por preguntar qué era lo que le quedaba a ese alma en pena que se paseaba por la estación.
Pero, y a pesar de todo lo que hacía indicar lo contrario, a Shinji le quedaban razones para seguir allí.
Le quedaba una vieja canción rayada en su viejo discman. Le quedaba la canción con la que le conoció, el recuerdo de sus labios silbando, le quedaba el atardecer en el que cruzaron miradas por primera vez. Después de pensarlo detenidamente y desgastar la fotografía que albergaba en su mente, supo que aún guardaba la sensación con la que lentamente aquellas notas le acorralaron.
A Shinji le quedaba todavía el viejo colchón, la vieja manta y un paquete a medio terminar de preservativos en el segundo cajón de su mesilla de noche, guardado bien a la izquierda. Shinji sabía perfectamente su situación a pesar de no haber abierto todavía aquel cajón desde entonces, y sabía que si lo hacía oiría rodar el bote del lubricante que jamás fue frío para él. Al pelinegro aún le quedaba la sonrisa al recordar al peliblanco pidiendo todo aquello a alguien de la estación. Aún le quedaba el sonido de jadeos, gemidos, nombres y muelles chirriando. A Shinji aún le quedaba la luz de aquellos ojos mirándole en su memoria.
Le quedaba el sabor de las tardes de paseos y pasos, de gloria estancada ene el tiempo, de pájaros escasos y bienvenidos. Aún le quedaba el sabor de su sonrisa, de sus palabras, de sus caricias; es el sabor de sus besos el que no consigue recordar.
Le quedaba el rumor de la ropa, de las alas, de los EVAs, de un hilo musical apagado, el rumor de lo que supo diferente a su vera. Aún le quedaban las vueltas al girar en la terraza, las ganas de volar, de preguntar y de responder, de contar historias y de oírlas. Le quedaba el deseo de no estar solo nunca más, y de querer contar las estrellas al lado de su peliblanco.
Pero sobre todo, le quedaba el aroma de un baño de espuma y agua caliente, de vapor y confesiones. Le quedaba el aroma de sus labios la primera vez que lo besó y de sus hombros la primera vez que hicieron el amor. Le quedaba el aroma de la Luna a su lado, el aroma de una habitación compartida, de risas en la madrugada, de conversaciones sentados en el suelo. Le quedaba el aroma de las revistas que leía, de la música que escuchaba, del aire que respiraba, de las órdenes que seguía. Le quedaba el aroma de los segundos que vivieron y de los segundos en los que murió, el aroma de una sonrisa que jamás decaería, el aroma de una ropa tirada por el suelo de su habitación.
Le quedaba el aroma de su recuerdo. Y por mucho que éste doliera, o fuera insuficiente, o fuera una locura, era lo que más atesoraba de una vida terrenal que acabaría abandonándole en un abrir y cerrar de ojos.
Gracias por leer : )
