Abstract
Guillermo Lariguet, en su obra El odio y la ira. Furias desatadas en la democracia actual, establece una distinción conceptual entre ira y odio: mientras que la ira surge de una injusticia real y se basa en razones verdaderas, el odio se origina en una injusticia meramente aparente y se fundamenta en narrativas falsas. Según Lariguet, solo la ira es instrumental a la democracia, mientras que el odio representa una amenaza. Sin embargo, como intento demostrar en este ensayo, este marco teórico resulta limitado cuando se trata de abordar la heterogeneidad y las variaciones del odio, así como su impacto en la vida democrática. Existen odios tan primitivos y tribales que ni siquiera responden a una injusticia aparente ni están basados en narrativas falsas. También hay odios que, aunque alimentados por narrativas simplistas y erróneas, se originan en injusticias reales. En el extremo opuesto de la irracionalidad, encontramos casos de odio vinculados a injusticias razonables (ni objetivas ni meramente aparentes) y narrativas justificadas, así como odios racionales derivados de injusticias reales y narrativas verdaderas. Estos dos últimos casos de odio, como sostengo, no constituyen amenazas para la democracia, sino que, por el contrario, pueden contribuir a fortalecerla.