Suma teol�gica - Parte II-IIae - Cuesti�n 5
Los que tienen fe
Art�culo 1: �Tuvieron fe, en su primer estado, el �ngel y el hombre? lat
Objeciones por las que parece que ni el �ngel ni el hombre, en su primer estado, tuvieron fe:
1. Hugo de San V�ctor dice, en efecto: Como el hombre no tiene el ojo apto para la contemplaci�n, no puede ver a Dios y las cosas que se hallan en �l. Pero el �ngel, en su primer estado, antes de su confirmaci�n en gracia o de su ca�da, ten�a ojo apto para la contemplaci�n, ya que, como afirma San Agust�n, en II Super Gen. ad litt. ve�a las cosas en el Verbo. Del mismo modo parece que el primer hombre, en el estado de inocencia, ten�a el ojo abierto para la contemplaci�n. Dice, en efecto, Hugo de San V�ctor en sus �sententiis� que el hombre, en el primer estado, conoc�a a su Creador, no con el conocimiento que se adquiere de fuera por el o�do, sino con el que es suministrado interiormente por la inspiraci�n; no como Dios, ausente ahora a los creyentes, es buscado por la fe, sino como es captado de manera m�s manifiesta por la presencia de la contemplaci�n. En consecuencia, ni el �ngel ni el hombre tuvieron fe en su primer estado.
2. El conocimiento de la fe es enigm�tico y oscuro, seg�n dice el Ap�stol: Ahora vemos en un espejo, confusamente (1 Cor 13,12). Esto, en cambio, no se dio ni en el �ngel ni en el hombre en el primer estado, ya que la oscuridad es castigo del pecado. De ah� que no fue posible la fe ni en el hombre ni en el �ngel en el primer estado.
3. Adem�s, afirma el Ap�stol que la fe se adquiere por el o�do (Rom 13,17). Mas esto no era posible en el estado primero de la condici�n del �ngel o del hombre, ya que el o�do no recib�a informaci�n de nadie. En aquel estado, pues, no se daba la fe ni en el hombre ni en el �ngel.
Contra esto: est� el testimonio del Ap�stol: El que se acerca a Dios ha de creer que existe (Heb 11,6). Ahora bien, el �ngel y el hombre, en su primer estado, se encontraban en condici�n de acercarse a Dios. Luego necesitaban de la fe.
Respondo: Afirman algunos que en los �ngeles, antes de su confirmaci�n en gracia y de la ca�da, y en el hombre, antes del pecado, no exist�a la fe, debido a la contemplaci�n manifiesta que ten�an de las realidades divinas. Siendo, pues, la fe garant�a de lo que no se ve (Heb 11,1), y, en palabras de San Agust�n, por la fe se cree lo que no se ve, la fe excluye solamente aquella manifestaci�n que hace presente y visto el objeto principal de la misma. Ahora bien, este objeto de la fe es la Verdad primera, cuya visi�n nos beatifica y suplanta a la fe. Por lo tanto, como ni el �ngel, antes de la confirmaci�n en gracia, ni el hombre, antes del pecado, tuvieron aquella bienaventuranza en la que se ve a Dios en su esencia, es evidente que no tuvieron un conocimiento tan manifiesto de Dios que excluyera la fe. Por eso, el no haber tenido fe no pudo ser por otra raz�n que por desconocer en absoluto el objeto de la fe. Y si el hombre y el �ngel, como sostienen algunos, hubieran sido creados en estado de naturaleza pura, tal vez podr�a sostenerse que en el �ngel no se dio la fe antes de su confirmaci�n en gracia; ni en el hombre antes de su pecado, ya que el conocimiento de la fe excede el conocimiento natural de Dios no s�lo en el hombre, sino tambi�n en el �ngel. Pero hemos probado ya (q.62 a.3; q.95 a.1) que el hombre y el �ngel fueron creados con el don de la gracia, y por eso debemos afirmar tambi�n que esa gracia recibida y a�n no confirmada signific� en ellos cierta incoaci�n de la bienaventuranza esperada; incoaci�n que, seg�n hemos dicho (q.4 a.7), se verifica en la voluntad por la esperanza y la caridad, y en el entendimiento por la fe. Por eso es necesario afirmar que el �ngel, antes de su confirmaci�n en gracia, y el hombre, antes del pecado, poseyeron la fe.

Se debe, sin embargo, tener en cuenta que en el objeto de la fe hay alguna cosa cuasi formal, es decir, la Verdad primera, que est� por encima de todo conocimiento natural de la criatura; y hay tambi�n algo material, que es aquello a lo que asentimos adhiri�ndonos a la Verdad primera. Respecto al primero de estos aspectos, la fe es com�n a todos los que, sin haber conseguido la bienaventuranza eterna, tienen conocimiento de Dios adhiri�ndose a la Verdad primera. Mas respecto a las cosas propuestas materialmente para creer, unos las creen y otros las saben con claridad, incluso en el presente estado de cosas, como consta por lo expuesto en otro lugar (q.1 a.5). Seg�n eso, se puede afirmar tambi�n que el �ngel, antes de la confirmaci�n, y el hombre, antes del pecado, conocieron con claridad ciertas verdades sobre los misterios divinos que ahora no podemos conocer nosotros si no es creyendo.

A las objeciones:
1. Aunque las palabras de Hugo de San V�ctor sean de un maestro y no tengan la fuerza de una autoridad, se puede, no obstante, decir que la contemplaci�n que suprime la necesidad de la fe es la contemplaci�n de la patria, la cual proporciona la visi�n de la verdad sobrenatural en su esencia. Pero esta contemplaci�n no la tuvieron ni el �ngel antes de la confirmaci�n en gracia ni el hombre antes del pecado. Su contemplaci�n era, con todo, m�s elevada que la nuestra; por ella, acerc�ndose m�s a Dios, pod�an conocer con manifiesta luz sobre los efectos divinos y sobre los misterios m�s cosas que nosotros. Por eso no hab�a en ellos la fe que les hiciera buscar a Dios ausente, como lo hacemos nosotros. Dios, en efecto, por la luz de la sabidur�a, les era m�s presente que a nosotros, si bien no les estaba presente como lo est� a los bienaventurados por la luz de la gloria.
2. En el primer estado del hombre y del �ngel no exist�a la oscuridad de la culpa y de la pena. Hab�a, sin embargo, en el entendimiento del hombre y del �ngel cierta oscuridad natural en cuanto que toda criatura es tinieblas comparada con la inmensidad divina. Y esa oscuridad es suficiente para lo esencial de la fe.
3. En el primer estado no se daba audici�n exterior respecto de la palabra de otro hombre, sino respecto de la inspiraci�n de Dios. Era as� como o�an los profetas, seg�n estas palabras: Quiero escuchar qu� dice el Se�or (Sal 84,9).
Art�culo 2: �Tienen fe los demonios? lat
Objeciones por las que parece que los demonios no tienen fe:
1. Dice San Agust�n en De praedest. Sanct. que la fe consiste en la voluntad de los que creen. Pues bien, la voluntad con que quiere uno creer es buena, y, como ya expusimos en la primera parte (q.64 a.2 ad 5), en los demonios no se da voluntad deliberada buena. Parece, pues, que en los demonios no existe la fe.
2. La fe es don de la gracia divina, seg�n el Ap�stol: Hab�is sido sanados por la gracia mediante la fe (Ef 2,8). Pero los demonios perdieron la gracia, como afirma la Glosa sobre las palabras de Oseas: Ellos se vuelven a otros dioses y gustan de las tartas de uvas (Os 3,1). En consecuencia, despu�s del pecado la fe no qued� en los demonios.
3. Adem�s, la infidelidad parece ser el m�s grave de los pecados. As� lo ense�a San Agust�n comentando a San Juan (15,22): Si no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendr�an pecado; pero ahora no tienen excusa de pecado. Pues bien, en ciertos hombres se da el pecado de infidelidad. En consecuencia, si se diera fe en los demonios, el pecado de algunos hombres ser�a mayor que el de los demonios, y esto parece incongruente. En los demonios, pues, no existe la fe.
Contra esto: est� el testimonio de estas palabras: Los demonios creen, y tiemblan (Sant 2,19).
Respondo: Hemos expuesto (q.1 a.4; q.2 a.1 ad 3; a.9; q.4 a.1 y 2) que el entendimiento del creyente asiente a la verdad que cree, no porque vea la verdad en s� misma o la reduzca a los primeros principios, en s� mismos evidentes, sino por imperio de la voluntad. Pero la moci�n de la voluntad sobre el entendimiento para asentir puede obedecer a dos causas. Una, por la orientaci�n de la voluntad hacia el bien, y en este caso el acto de creer es laudable. Otra, porque el entendimiento es convencido a estimar que se debe creer lo que se dice, aunque no sea evidente lo que se cree. Por ejemplo, si un profeta anunciase en nombre del Se�or un hecho futuro y recurriera al milagro resucitando a un muerto, por ese signo tendr�a el entendimiento una convicci�n tal que llegar�a a conocer que la cosa estaba dicha por Dios que no miente. No obstante, ese suceso futuro predicho (por el profeta) no ser�a en s� mismo evidente, y por ello no quedar�a eliminada la fe. Se debe, pues, decir que se alaba la fe de los fieles de Cristo en el primer sentido. En los demonios, en cambio, no se da la fe en ese sentido, sino s�lo en el segundo. En realidad, ven muchas se�ales manifiestas de que la ense�anza de la Iglesia viene de Dios, aunque no vean en s� mismas las verdades que ense�a la Iglesia, como, por ejemplo, que Dios es uno y trino, y otras cosas semejantes.
A las objeciones:
1. La fe de los demonios es en cierta manera coaccionada por la evidencia de los signos. Por lo tanto, su fe no revierte en alabanza de la voluntad de los mismos.
2. La fe, que es don de la gracia, inclina al hombre a creer por cierto amor al bien, aunque sea una fe informe. Luego la fe que se da en los demonios no es don de la gracia; m�s bien se ven inducidos a creer por la perspicacia natural de su inteligencia.
3. Lo que desagrada a los demonios es el hecho de que los signos de la fe son tan evidentes que por ellos se vean forzados a creer. Por eso en nada amengua su malicia el hecho de creer.
Art�culo 3: El hereje que rechaza un art�culo de la fe, �puede tener fe informe sobre los dem�s? lat
Objeciones por las que parece que el hereje que rechaza un art�culo de fe puede tener fe informe en los dem�s:
1. El entendimiento natural de un hereje no es m�s potente que el del cat�lico. Pues bien, el entendimiento del cat�lico necesita la ayuda del don de la fe para creer cualquier art�culo. Parece, pues, que tampoco los herejes puedan creer alg�n art�culo sin el don de la fe informe.
2. En la fe se contienen muchos art�culos, como en una ciencia, por ejemplo, la geometr�a, se contienen muchas conclusiones. Ahora bien, puede el hombre tener la ciencia geom�trica respecto de algunas conclusiones ignorando las restantes. Por lo tanto, tambi�n puede tener fe en algunos art�culos sin creer en los dem�s.
3. Adem�s, el hombre obedece a Dios creyendo lo mismo que cumpliendo sus preceptos. Pero el hombre puede ser obediente en algunos preceptos y no respecto de otros. En consecuencia, puede tener fe en algunos art�culos sin tenerla en los dem�s.
Contra esto: est� el hecho de que rechazar un art�culo se opone a la fe, como el pecado mortal se opone a la caridad. Pero la caridad no permanece en el hombre despu�s de un solo pecado mortal. Luego tampoco permanece la fe despu�s de rechazar un solo art�culo de la misma.
Respondo: El hereje que rechaza un solo art�culo de fe no tiene el h�bito ni de la fe formada ni de la fe informe. Y la raz�n de ello est� en el hecho de que la especie de cualquier h�bito depende de la raz�n formal del objeto, y si �sta desaparece, desaparece tambi�n la especie del h�bito. Pues bien, el objeto formal de la fe es la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la ense�anza de la Iglesia. Por eso, quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la ense�anza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el h�bito de la fe, sino que retiene las cosas de la fe por otro medio distinto. Como el que tiene en su mente una conclusi�n sin conocer el medio de demostraci�n, es evidente que no posee la ciencia de esa conclusi�n, sino tan s�lo opini�n.

Ahora bien, es evidente que quien se adhiere a la ense�anza de la Iglesia como regla infalible presta su asentimiento a todo cuanto ense�a la Iglesia. De lo contrario, si de las cosas que ense�a la Iglesia admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la ense�anza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad. As�, es del todo evidente que el hereje que de manera pertinaz rechaza un solo art�culo no est� preparado para seguir en su totalidad la ense�anza de la Iglesia (estar�a, en realidad, en error y no ser�a hereje si no lo rechaza con pertinacia). Es, pues, evidente que el hereje que niega un solo art�culo no tiene fe respecto a los dem�s, sino solamente opini�n, que depende de su propia voluntad.

A las objeciones:
1. Los dem�s art�culos de la fe en los que no yerra el hereje no los acepta del mismo modo que el fiel, es decir, por adhesi�n a la Verdad primera, para lo cual necesita el hombre la ayuda del h�bito de la fe. El hereje los retiene por propia voluntad y por propio juicio.
2. En las diversas conclusiones de una ciencia existen medios diversos de demostraci�n, y unos pueden conocerse sin los otros. Por eso, puede conocer un hombre algunas conclusiones de una ciencia ignorando las dem�s. A los art�culos de la fe, en cambio, les presta su asentimiento por un �nico medio, es decir, la Verdad primera propuesta en las Escrituras, correctamente interpretadas seg�n la doctrina sana de la Iglesia. Por tanto, quien se aparte de este medio est� del todo privado de la fe.
3. Los diversos preceptos de la ley pueden referirse, bien a diversos motivos pr�ximos, y en este caso pueden observarse los unos sin los otros, bien a un solo motivo, que es obedecer perfectamente a Dios. Pero de �ste se aparta el que traspasa un solo precepto, seg�n las palabras de Santiago: Quien falta en un solo precepto se hace reo de todos (Sant 2,10).
Art�culo 4: �Puede ser la fe mayor en uno que en otro? lat
Objeciones por las que parece que la fe no puede ser mayor en uno que en otro:
1. La magnitud de un h�bito depende de los objetos. Pero quien tiene la fe cree todo lo que ella ense�a, ya que quien rechaza una sola verdad de fe la pierde totalmente, como acabamos de decir (a.3). No parece, pues, que la fe pueda ser mayor en uno que en otro.
2. Lo que est� en la cumbre no es susceptible de m�s ni de menos. Pues bien, el motivo formal de la fe est� en lo sumo, ya que exige una adhesi�n a la Verdad primera por encima de toda verdad. En consecuencia, la fe no es susceptible ni de m�s ni de menos.
3. Adem�s, en el conocimiento infuso desempe�a la fe la misma funci�n que el entendimiento de los primeros principios en el conocimiento natural, puesto que los art�culos de la fe son en realidad los primeros principios de ese conocimiento superior, como hemos expuesto (q.1 a.7). Pues bien, el entendimiento de los primeros principios se halla por igual en todos los hombres. En consecuencia, la fe se encuentra tambi�n por igual en todos los fieles.
Contra esto: est� el hecho de que donde se encuentra lo poco y lo mucho, puede darse tambi�n lo m�s y lo menos. Pues bien, en la fe se da lo grande y lo peque�o, como consta por las palabras del Se�or a Pedro: Hombre de poca fe, �por qu� dudaste? (Mt 14,31), y a la mujer de que habla San Mateo: �Oh mujer, grande es tu fe! (Mt 15,28). La fe, pues, puede ser mayor en uno que en otro.
Respondo: Seg�n hemos dicho (1-2 q.52 a.1 y 2; q.112 a.4), la magnitud de un h�bito puede considerarse bajo dos aspectos: el objeto y la participaci�n del mismo en el sujeto. Al objeto se le puede considerar tambi�n bajo un doble aspecto: o seg�n la raz�n formal, o atendiendo materialmente a las cosas propuestas para creer. El objeto formal de la fe es �nico y simple, es decir, la Verdad primera, como ya hemos expuesto (q.1 a.1). Desde este punto de vista, la fe no se diversifica en los creyentes, sino que es espec�ficamente una en todos, como hemos dicho (q.4 a.6). Pero las verdades materialmente propuestas para creer son muchas, y se las puede acoger m�s o menos expl�citamente. Bajo este aspecto puede uno creer expl�citamente m�s cosas que otro, en cuyo caso puede ser tambi�n mayor la fe en el sentido de un mayor desarrollo de su objeto. Considerando la fe seg�n la participaci�n en el sujeto, se ofrece la desigualdad de dos maneras, en cuanto que, como hemos expuesto (a.2; q.1 a.4; q.2 a.1 ad 3; a.9; q.4 a.1 y 2), el acto de fe procede del entendimiento y de la voluntad. Se puede, por lo tanto, decir que la fe es mayor en uno que en otro, o por parte del entendimiento, a causa de su mayor certeza y firmeza, o por parte de la voluntad, a causa de su mayor prontitud, entrega y confianza.
A las objeciones:
1. El que obstinadamente rechaza una verdad de fe no posee el h�bito de la fe; lo tiene, en cambio, el que no cree de manera expl�cita todo, pero est� dispuesto a creerlo. Seg�n eso, desde el punto de vista del objeto, tiene uno mayor fe que otro en cuanto cree de manera expl�cita m�s cosas, como hemos expuesto.
2. De esencia de la fe es preferir la Verdad primera a todas las cosas. Pero entre quienes le dan esa preferencia, unos se someten con mayor certeza y sumisi�n que otros. De esta forma es mayor en uno que en otro.
3. El entendimiento de los primeros principios deriva de la naturaleza humana en s� misma, que se encuentra por igual en todos. Pero la fe deriva del don de la gracia, que no se halla en todos por igual, como hemos probado (1-2 q.112 a.4). No hay, pues, paridad de razones. Sin embargo, debido a la mayor capacidad del entendimiento, unos conocen mejor que otros las virtualidades de los primeros principios.