Antifascismo

oposición a las ideologías fascistas

El antifascismo ha sido un movimiento político de oposición a las ideologías, los grupos y las personas fascistas. Surgido en los países europeos durante la década de 1920, alcanzó su mayor relevancia en los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial y durante el propio conflicto, cuando las potencias del Eje se enfrentaron a numerosos países integrados en los Aliados y a decenas de movimientos de resistencia de todo el mundo. El antifascismo ha estado presente en movimientos de muy distinto signo a lo largo del espectro político y ha aglutinado posturas tan diversas como el anarquismo, el comunismo, el pacifismo, el republicanismo, la socialdemocracia, el socialismo y el sindicalismo revolucionario, además de planteamientos centristas, conservadores, liberales y nacionalistas.

El fascismo, ideología de extrema derecha y ultranacionalista, cobró importancia a partir de la década de 1910 y se asocia sobre todo con los fascistas italianos y los nacionalsocialistas alemanes, más conocidos como nazis.[1] La oposición organizada al fascismo arrancó en torno a 1920. En Italia, el fascismo se convirtió en ideología oficial del Estado en 1922; en Alemania, en 1933. Ese ascenso disparó la actividad antifascista y dio lugar, entre otras formas de oposición, a la resistencia alemana al nazismo y a la resistencia italiana al fascismo. La guerra civil española (1936-1939), que anticipó la Segunda Guerra Mundial, tuvo también al antifascismo como uno de sus ejes; la posterior dictadura del general Franco (1939-1975) prolongó el conflicto y articuló en España un antifascismo de oposición de larga duración.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, Occidente no se había tomado en serio la amenaza fascista y al antifascismo se lo asociaba a veces con el comunismo. El estallido de la Segunda Guerra Mundial cambió esa mirada de raíz: el fascismo pasó a verse como amenaza existencial no solo para la Unión Soviética socialista, sino también para los Estados Unidos y el Reino Unido liberal-democráticos. Las potencias del Eje fueron, en líneas generales, fascistas, y la guerra contra ellas se planteó en clave antifascista. Surgió resistencia al fascismo en todos los países ocupados y desde todo el arco ideológico. Con la derrota del Eje terminó, en términos generales, el fascismo como ideología de Estado.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el movimiento antifascista siguió activo en los lugares donde el fascismo organizado perduraba o reaparecía. En la década de 1980 se produjo un resurgimiento del antifa en Alemania como respuesta a la entrada de neonazis en la escena punk. Esta corriente influyó en el movimiento antifa en Estados Unidos de finales de la década de 1980 y de la de 1990, también ligado al mundo punk. Ya en el xxi, ganó visibilidad como reacción al renacimiento de la derecha radical, en especial tras la elección de Donald Trump en 2016 y 2024.[2][3]

Orígenes

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Símbolo moderno del fasces.

El fasces (del latín fascis, «haz»; en italiano fascio littorio) es un manojo atado de varas de madera que en muchas representaciones incluye un hacha —en ocasiones dos— con la hoja sobresaliendo. Se trata de un símbolo de origen italiano que procede de la civilización etrusca y pasó después a la antigua Roma, donde representaba la potestad del rey romano para castigar a sus súbditos[4] y, más tarde, la potestad y jurisdicción de un magistrado. Los fasces eran portados en procesión junto al magistrado por los lictores, quienes también empleaban las varas de abedul como castigo para imponer la obediencia a las órdenes magistrales.[5] En el lenguaje y la literatura corrientes, los fasces se asociaban con determinados cargos: a los pretores se los designaba en griego como hexapelekys («seis hachas») y a los cónsules como «los doce fasces», por metonimia literaria.[6] Además de ser una insignia del cargo, el fasces también simbolizaba la República romana y su prestigio.[7]

Tras el periodo clásico y con la caída del Estado romano, los pensadores europeos perdieron de vista el «terror psicológico que generaban los fasces romanos originales» en la Antigüedad. Hacia el Renacimiento se produjo una confusión entre el fasces y una fábula griega que Babrio recogió por primera vez en el ii d. C., en la que una vara aislada se rompe con facilidad, pero un haz de ellas no.[8] Esta historia es común a toda la cultura eurasiática y en el xiii d. C. ya aparecía recogida en la Historia secreta de los mongoles.[9] Aunque no existe conexión histórica entre los fasces originales y dicha fábula,[10] hacia el xvi d. C. los fasces quedaron «inextricablemente ligados» a interpretaciones de la fábula como expresión de unidad y armonía.[9] El fascismo italiano, que toma su nombre del fasces, fue probablemente quien más utilizó este simbolismo en el xx.

Con el desarrollo y la expansión del fascismo italiano —es decir, el fascismo original—, la ideología del Partido Nacional Fascista encontró una oposición cada vez más combativa por parte de comunistas y socialistas italianos. Organizaciones como Arditi del Popolo[11] y la Unión Anarquista Italiana surgieron entre 1919 y 1921 para combatir el auge nacionalista y fascista del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial.

Según el historiador Eric Hobsbawm, a medida que el fascismo se expandía fue gestándose un «nacionalismo de izquierdas» en las naciones amenazadas por el irredentismo italiano, en particular en los Balcanes y, sobre todo, en Albania.[12] Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, las resistencias albanesa y yugoslava jugaron un papel decisivo en la acción antifascista y en la lucha clandestina. Esa mezcla de nacionalismos enfrentados y partisanos de izquierda forma las raíces más tempranas del antifascismo europeo. Variantes menos combativas surgirían más adelante. En la Gran Bretaña de los años treinta, «los cristianos —en especial la Iglesia de Inglaterra— aportaron tanto un lenguaje de oposición al fascismo como una inspiración para la acción antifascista».[13] El filósofo francés Georges Bataille consideraba a Friedrich Nietzsche precursor del antifascismo por su desprecio hacia el nacionalismo y el racismo.[14]

El historiador Michael Seidman sostiene que el antifascismo se ha tenido tradicionalmente por terreno de la izquierda política, aunque esa lectura se ha cuestionado en los últimos años. Seidman distingue dos tipos: revolucionario y contrarrevolucionario.[15]

  • El antifascismo revolucionario se expresó entre comunistas y anarquistas, que identificaban como enemigos al fascismo y al capitalismo y apenas diferenciaban entre fascismo y otras formas de autoritarismo de derecha.[16] No desapareció tras la Segunda Guerra Mundial, sino que fue empleado como ideología oficial del bloque soviético, con el Occidente «fascista» como nuevo enemigo.
  • El antifascismo contrarrevolucionario era de naturaleza mucho más conservadora. Seidman argumenta que Charles de Gaulle y Winston Churchill representaron este tipo y que ambos buscaron atraer a las masas a su causa. Los antifascistas contrarrevolucionarios deseaban asegurar la restauración o continuidad del antiguo régimen previo a la guerra, y a los conservadores les disgustaba que el fascismo borrara la distinción entre las esferas pública y privada. Al igual que su contraparte revolucionaria, sobreviviría al fascismo una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.

Pese a sus diferencias, Seidman apunta semejanzas entre ambas corrientes. Las dos terminaron viendo la expansión violenta como rasgo intrínseco del proyecto fascista. Ambas rechazaron también que el Tratado de Versalles estuviera detrás del ascenso nazi y, en su lugar, atribuyeron la guerra al impulso expansivo del propio fascismo. A diferencia de este, ninguna prometía una victoria rápida, sino una lucha prolongada contra un enemigo poderoso. Durante la Segunda Guerra Mundial, los dos antifascismos respondieron a la agresión fascista cultivando un culto al heroísmo que relegaba a las víctimas a segundo plano.[15] Acabada la guerra, sin embargo, se abrió una brecha entre ambos: la victoria de los Aliados occidentales permitió reinstaurar en Europa occidental los viejos regímenes de democracia liberal, mientras que la soviética hizo posible en Europa oriental la implantación de nuevos regímenes antifascistas revolucionarios.[17] Algunos grupos antifascistas justifican la violencia política como reacción a la violencia de sus adversarios, aunque se ha demostrado que esto rara vez ocurre.[18]

Antifascismo liberal y conservador

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El antifascismo liberal y conservador designa la oposición al fascismo asentada en la defensa del orden constitucional y la estabilidad nacional. Su prioridad fue preservar la democracia liberal ante la amenaza fascista, en lugar de buscar las transformaciones sociales radicales que reclamaban los antifascistas revolucionarios.[19][20][15][21]

Esta variante suele asociarse con Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Charles de Gaulle, que se enfrentaron al autoritarismo fascista a la vez que mantenían a raya a la izquierda revolucionaria.[20][22] La sostuvo una amplia coalición de capitalistas, sindicalistas, socialdemócratas, socialistas reformistas y conservadores moderados, unidos por su rechazo al fascismo y su apuesta por la estabilidad política.[20][15][22]

El antifascismo contrarrevolucionario perseguía neutralizar las ideologías y los movimientos fascistas para preservar las estructuras democráticas existentes y dar estabilidad a la sociedad. Apostaba por reforzar la confianza en la gobernanza democrática y por contener a los movimientos extremistas, en contraste con el antifascismo revolucionario, que aspiraba a cuestionar el orden capitalista.[20][15]

En Gran Bretaña, los antifascistas conservadores se concentraron sobre todo en mantener el sistema Westminster de gobierno parlamentario, marginando a los grupos fascistas mediante vías legales e institucionales como la Ley de Orden Público de 1936, que actuó con dureza contra la Unión Británica de Fascistas.[23][21] Por su parte, los antifascistas del Partido Laborista y del Partido Liberal se opusieron a los fascistas de manera activa mediante campañas en los medios, peticiones, debates parlamentarios y discurso público. Ambas corrientes reconocían el fascismo como una amenaza para la Constitución y ambas se acercaron con cautela a las ideologías revolucionarias, incluido el comunismo.[23][21] El antifascismo contrarrevolucionario británico de los años treinta se moldeó a partir de una alianza que trascendió las divisiones políticas tradicionales. El liderazgo de Churchill resultó decisivo para construir un frente antifascista que incluía a figuras conservadoras y socialdemócratas.[23][21] Esa coalición rechazaba el argumento de que el fascismo fuera la única defensa frente al comunismo y, en su lugar, defendía la constitución británica.[23][21] A través de organizaciones como el Consejo Antinazi, el movimiento antifascista contrarrevolucionario aglutinó a élites de todo el espectro político —sindicalistas y clérigos incluidos— para oponerse al fascismo y preservar la democracia liberal.[23][21] Esta visión más amplia del antifascismo, separada de los enfoques socialista y comunista, ayudó a definir la resistencia británica frente a la agresión nazi.[21][23]

El antifascismo conservador francés, en particular en los años previos y durante la Segunda Guerra Mundial, se caracterizó por la oposición tanto al fascismo italiano como al nazismo alemán.[24] Figuras como el intelectual judío Benjamin Crémieux criticaron el antiparlamentarismo de Mussolini y la abolición de la democracia italiana por el régimen fascista, y manifestaron su inquietud por una posible alineación entre el fascismo italiano y los movimientos de extrema derecha en Francia.[24] A la vez, publicaciones como L'Europe Nouvelle y figuras como Georges Bernanos y Charles de Gaulle se opusieron a la política de apaciguamiento y subrayaron el peligro de capitular ante los regímenes totalitarios.[24] También criticaron la minimización por parte de la derecha francesa de las amenazas que representaban Hitler y Mussolini y defendieron una postura antifascista activa que, en algunos casos, incluyó el apoyo a alianzas temporales con la Unión Soviética pese a las discrepancias respecto del comunismo.[24] Este antifascismo conservador o contrarrevolucionario estuvo guiado por la preocupación por la soberanía nacional, la democracia y la resistencia a los movimientos totalitarios.[24]

En Estados Unidos, una coalición de liberales y conservadores, sobre todo durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt, combatió al fascismo por vías políticas y militares con el propósito de preservar las instituciones democráticas frente a una amenaza creciente.[20][22][25] El antifascismo liberal estadounidense surgió como reacción al avance del fascismo en Europa y al riesgo de que se extendiera al hemisferio occidental.[20][22][25] En un primer momento, Roosevelt tuvo que hacer equilibrios: adoptó medidas limitadas para no enajenarse a los aislacionistas mientras preparaba el país para una eventual guerra.[20][22][25] Conforme avanzó la expansión alemana, viró hacia un apoyo más activo al Reino Unido y sus aliados, y terminó por conseguir el respaldo público y político necesario para la ayuda militar.[20][22][25] Pese a la resistencia de aislacionistas y antiintervencionistas, su administración —con el respaldo de dirigentes empresariales y sindicales— fue alineándose cada vez más con las fuerzas antifascistas.[20][22][25] Aquel giro de la política exterior consolidó la prioridad de hacer frente a la Alemania nazi, restó peso a los aislacionistas y asentó una posición claramente antifascista.[20][22][25] Como ejemplos de propaganda antifascista en Estados Unidos figuran las películas 'Hitler's Reign of Terror' (1934),[26] a la que se suele señalar como la «primera película antinazi estadounidense»,[27] y 'Don't Be a Sucker' (1943).[28][29][30][31]

Historia

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Partisanos italianos en Milán durante la insurrección final que condujo a la liberación de Italia en abril de 1945.

Los movimientos antifascistas surgieron primero en Italia durante el ascenso de Benito Mussolini,[32] y pronto se extendieron a otros países europeos y, posteriormente, a escala global. En los primeros años participaron organizadores e intelectuales comunistas, socialistas, anarquistas y democristianos. Hasta 1928, durante el periodo del frente único, hubo una colaboración significativa entre los comunistas y los antifascistas no comunistas.

En 1928, la Komintern impuso la línea ultraizquierdista del Tercer Periodo, que rompió la cooperación con el resto de la izquierda y tachó a los socialdemócratas de «socialfascistas». Entre 1934 y la firma del pacto Mólotov-Ribbentrop, los comunistas dieron un giro: adoptaron la línea del Frente Popular y construyeron coaliciones amplias con antifascistas liberales e incluso conservadores. A medida que el fascismo consolidaba su poder —y muy especialmente durante la Segunda Guerra Mundial— el antifascismo tomó sobre todo la forma de movimientos partisanos o de resistencia.

Italia: contra el fascismo y Mussolini

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Partisano italiano en Florencia, 14 de agosto de 1944, durante la liberación de Italia.
Bandera de los Arditi del Popolo, con un hacha cortando un fasces. Los Arditi del Popolo fueron un grupo antifascista combativo fundado en Italia en 1921.

En Italia, el régimen fascista de Mussolini empleaba el término «antifascista» para designar a sus adversarios. La policía secreta de Mussolini llevó incluso el nombre oficial de Organización para la Vigilancia y la Represión del Antifascismo. A lo largo de los años veinte, en el Reino de Italia, los antifascistas —muchos salidos del movimiento obrero— se enfrentaron a los violentos camisas negras y al ascenso del líder fascista Benito Mussolini. Tras la firma del pacto de pacificación entre el Partido Socialista Italiano (PSI) y Mussolini junto a sus Fascios Italianos de Combate, el 3 de agosto de 1921,[33] y de que los sindicatos optaran por una estrategia legalista y pacificada, los obreros disidentes formaron los Arditi del Popolo.[32]

La Confederación General del Trabajo (CGL) y el PSI rechazaron reconocer oficialmente a la milicia antifascista y mantuvieron una estrategia no violenta y legalista, mientras que el Partido Comunista de Italia (PCd'I) ordenó a sus miembros abandonar la organización. El PCd'I formó algunos grupos combativos, aunque sus acciones fueron relativamente menores.[32] El anarquista italiano Severino Di Giovanni, exiliado en Argentina tras la Marcha sobre Roma de 1922, organizó varios atentados con bomba contra la comunidad fascista italiana.[34] El antifascista liberal italiano Benedetto Croce redactó su Manifiesto de los intelectuales antifascistas, publicado en 1925.[35] Otros antifascistas liberales italianos notables de la época fueron Piero Gobetti y Carlo Rosselli.[36]

Insignia de 1931 de un miembro de la Concentración Antifascista Italiana.

La Concentración Antifascista Italiana (Concentrazione Antifascista Italiana), conocida también oficialmente como Concentrazione d'Azione Antifascista, fue una coalición italiana de grupos antifascistas que existió entre 1927 y 1934. Fundada en Nérac, Francia, por italianos exiliados, la coalición fue una alianza de fuerzas antifascistas no comunistas (republicanos, socialistas y nacionalistas) que buscaba promover y coordinar las acciones del exilio para combatir al fascismo en Italia; publicaba un órgano de propaganda titulado La Libertà.[37][38][39]

Bandera de Giustizia e Libertà, movimiento antifascista activo entre 1929 y 1945.

Giustizia e Libertà («Justicia y Libertad») fue un movimiento de resistencia antifascista italiano activo entre 1929 y 1945.[40] El movimiento fue cofundado por Carlo Rosselli;[40] Ferruccio Parri —después primer ministro de Italia— y Sandro Pertini —después presidente de Italia— figuraron entre sus dirigentes.[41] Sus integrantes sostenían ideas políticas diversas, pero compartían la convicción de oponerse al fascismo de forma activa y efectiva, a diferencia de los partidos antifascistas italianos más antiguos. Giustizia e Libertà también dio a conocer en la comunidad internacional la realidad del fascismo en Italia, gracias al trabajo de Gaetano Salvemini.

Muchos antifascistas italianos participaron en la Guerra civil española con la esperanza de ofrecer un ejemplo de resistencia armada al régimen de Mussolini al combatir la dictadura de Franco; de ahí su lema: «Hoy en España, mañana en Italia».[42]

Entre 1920 y 1943 actuaron varios movimientos antifascistas entre los eslovenos y croatas de los territorios anexionados por Italia tras la Primera Guerra Mundial, conocidos como la Marca Juliana.[43][44] El más influyente fue la organización combativa clandestina TIGR, que llevó a cabo numerosos sabotajes y ataques contra representantes del Partido Fascista y del ejército.[45][46] La mayor parte de la estructura clandestina de la organización fue descubierta y desmantelada por la Organización para la Vigilancia y la Represión del Antifascismo (OVRA) en 1940 y 1941,[47] y después de junio de 1941 la mayoría de sus antiguos militantes se unieron a los partisanos eslovenos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos integrantes de la resistencia italiana abandonaron sus hogares y se instalaron en las montañas para combatir a fascistas italianos y a soldados alemanes nazis durante la guerra civil italiana. Numerosas ciudades de Italia, entre ellas Turín, Nápoles y Milán, fueron liberadas por insurrecciones antifascistas.[48]

Eslovenos y croatas bajo la italianización

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Lojze Bratuž, director y compositor coral esloveno, martirizado por los fascistas por cantar villancicos en esloveno durante una misa con su coro.

La resistencia antifascista surgió en el seno de la minoría eslovena en Italia (1920-1947), a la que los fascistas pretendían despojar de su cultura, lengua y etnia.[cita requerida] El incendio del Narodni dom (Casa Nacional) de Trieste en 1920, centro eslovaco de la Trieste multicultural y multiétnica, perpetrado por los camisas negras,[49] fue elogiado por Benito Mussolini —aún no convertido en Il Duce— como una «obra maestra del fascismo triestino» (capolavoro del fascismo triestino).[50] El uso del esloveno en lugares públicos, incluidas las iglesias, fue prohibido no solo en zonas multiétnicas sino también en áreas de población exclusivamente eslovena.[51] A los niños que hablaban esloveno los castigaban maestros italianos, traídos por el Estado fascista desde el sur de Italia. Los docentes, escritores y clérigos eslovenos fueron enviados al extremo opuesto de Italia.

La primera organización antifascista, denominada TIGR, fue creada por eslovenos y croatas en 1927 para combatir la violencia fascista. Su lucha guerrillera continuó a finales de los años veinte y durante los treinta.[52] Hacia mediados de los años treinta, 70 000 eslovenos habían huido de Italia, en su mayoría a Eslovenia (entonces parte de Yugoslavia) y a Sudamérica.[53]

La resistencia antifascista eslovena en Yugoslavia durante la Segunda Guerra Mundial estuvo liderada por el Frente de Liberación del Pueblo Esloveno. La Provincia de Liubliana, ocupada por los fascistas italianos, vio la deportación de 25 000 personas —el 7,5 % del total de la población—, que ingresaron en el campo de concentración de Rab, el campo de concentración de Gonars y otros campos de concentración italianos.

Alemania: contra el NSDAP y el hitlerismo

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Concentración de la Roter Frontkämpferbund en Berlín, 1928. Organizada por el Partido Comunista de Alemania, la RFB llegó a contar con más de 100 000 miembros.

El término «antifascismo» se empleó de forma específica[cita requerida] sobre todo por el Partido Comunista de Alemania (KPD), que se presentaba como único partido antifascista del país. El KPD creó varios grupos explícitamente antifascistas, como la Roter Frontkämpferbund (fundada en 1924 y prohibida en 1929 por el ministro del Interior prusiano Albert Grzesinski —del SPD— tras los sucesos del Blutmai berlinés) y la Kampfbund gegen den Faschismus (sucesora de facto de la anterior).[54][55][56] En su momento de mayor fuerza, Roter Frontkämpferbund contaba con más de 100 000 miembros. En 1932 el KPD estableció la Antifaschistische Aktion como «frente unido rojo bajo la dirección del único partido antifascista, el KPD».[57] Bajo la dirección del estalinista convencido Ernst Thälmann, el KPD veía el fascismo ante todo como la fase final del capitalismo —más que como un movimiento o un grupo concreto— y aplicaba la etiqueta con largueza a sus adversarios. En nombre del antifascismo, dedicó buena parte de sus energías a atacar a su principal rival, el centroizquierdista Partido Socialdemócrata de Alemania, al que tachaba de «socialfascista» y consideraba el «principal pilar de la dictadura del capital».[58]

El movimiento nazi, cada vez más influyente en los últimos años de la República de Weimar, se topó con una oposición motivada por razones ideológicas muy distintas y a veces incompatibles entre sí: socialdemócratas, centristas, conservadores y comunistas. El SPD, el Partido del Centro y el Partido Democrático Alemán formaron en 1924 el Reichsbanner Schwarz-Rot-Gold para defender la democracia liberal frente al Partido Nazi, al KPD y a sus organizaciones afines. Más tarde, sobre todo miembros del SPD constituyeron el Frente de Hierro, con esa misma orientación.[59]

El nombre y el logotipo de la Antifaschistische Aktion siguen vigentes hoy. Su distintivo de dos banderas, diseñado por Max Gebhard y Max Keilson, se usa todavía como símbolo del antifascismo combativo en Alemania y en otros lugares,[60] al igual que el de las tres flechas del Frente de Hierro.[61]

España: guerra civil contra los nacionales

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Anarquistas en Barcelona. La guerra civil enfrentó a los territorios anarquistas y zonas sin Estado que alcanzaron la autogestión obrera con las zonas capitalistas de España bajo el control autocrático del bando nacional.

El historiador Eric Hobsbawm escribió: «La guerra civil española estaba a la vez en el centro y en los márgenes de la era del antifascismo. Estaba en el centro porque se la vio enseguida como una guerra europea entre el fascismo y el antifascismo, casi como la primera batalla de la guerra mundial que venía, algunos de cuyos rasgos característicos —por ejemplo, los bombardeos aéreos contra poblaciones civiles— anticipó.»[62]

En España había una larga tradición de insurrecciones populares —desde finales del xix hasta los años treinta— contra las arraigadas dictaduras militares[63] del general Prim y de Primo de Rivera.[64] Estos movimientos confluyeron en grandes movimientos antifascistas en los años treinta —muchos en el País Vasco— antes y durante la guerra civil española. El gobierno republicano y el ejército, las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC) vinculadas al Partido Comunista de España (PCE),[65] las Brigadas Internacionales, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), las milicias anarquistas españolas —como la Columna de Hierro— y los gobiernos autónomos de Cataluña y del País Vasco combatieron con la fuerza militar el ascenso de Francisco Franco.

Mujer con un fusil, miliciana de Mujeres Libres, milicias confederales, Barcelona, 1936, durante la guerra civil española.

Los Amigos de Durruti, asociados a la Federación Anarquista Ibérica (FAI), constituyeron un grupo especialmente combativo. Miles de personas de muchos países viajaron a España en apoyo de la causa antifascista y se incorporaron a unidades como la Brigada Abraham Lincoln, el Batallón Británico, el Batallón Dabrowski, el Batallón Mackenzie-Papineau, la Compañía Naftali Botwin y el Batallón Thälmann, incluido Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill.[66] Entre los antifascistas notables que trabajaron internacionalmente contra Franco se cuentan George Orwell —que combatió en la milicia del POUM y escribió Homenaje a Cataluña a partir de su experiencia—, Ernest Hemingway —partidario de las Brigadas Internacionales, que escribió Por quién doblan las campanas— y la periodista radical Martha Gellhorn.

El guerrillero anarquista español Francesc Sabaté Llopart combatió contra el régimen de Franco hasta los años sesenta desde una base en Francia. El maquis español, vinculado al PCE, también luchó contra el régimen franquista mucho después de terminada la guerra civil.[67]

Tras la derrota republicana en la primavera de 1939, alrededor de medio millón de personas cruzaron los Pirineos en lo que se conoció como La retirada. Las autoridades francesas internaron a buena parte de los exiliados en campos de refugiados como los de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Le Vernet y Gurs.[68] Muchos se incorporaron a la Resistencia francesa tras la invasión alemana de 1940; la Alemania nazi capturó a miles y los deportó a campos de concentración, sobre todo a Mauthausen —denominado por las SS «campo de los rojos españoles» (Rotspanier)—, donde unos 7000 republicanos fueron internados con triángulo azul de apátridas y cerca de 5000 murieron por agotamiento, enfermedad, ejecución o cámara de gas.[69][70]

La aportación militar más visible del exilio republicano fue La Nueve, la 9.ª compañía del Régiment de marche du Tchad integrada en la 2.ª División Blindada del general Philippe Leclerc. Compuesta por unos ciento sesenta hombres —de ellos ciento cuarenta y seis republicanos españoles, entre ellos anarquistas, comunistas, socialistas y nacionalistas catalanes y vascos—, fue la primera unidad aliada en entrar en París la noche del 24 de agosto de 1944, al mando del capitán Raymond Dronne. Sus semiorugas llevaban pintados nombres de batallas de la guerra civil como «Guernica», «Brunete», «Teruel», «Ebro», «Jarama» o «Belchite».[71]

El exilio republicano convirtió a México, Francia, Argentina y otros países americanos en centros activos del antifascismo internacional durante los años cuarenta. La Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE) y el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) coordinaron la asistencia y la reorganización política del exilio.[72]

Francia: contra Action française y Vichy

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Manifestación de 1934 en París con una pancarta que dice «Abajo el fascismo».
Miembros del maquis en 1944.

En los años veinte y treinta, durante la Tercera República Francesa, los antifascistas se enfrentaron a grupos agresivos de extrema derecha como Action française, que dominaba el Barrio Latino universitario.[cita requerida] Cuando el fascismo se impuso por la fuerza con la invasión alemana, la Resistencia francesa (La Résistance française) o, con mayor exactitud, los movimientos de resistencia combatieron tanto a la ocupación alemana nazi como al régimen colaboracionista de Vichy. Las células de la resistencia eran grupos reducidos de hombres y mujeres armados —llamados maquis en las zonas rurales— que, además de su actividad guerrillera, publicaban periódicos y revistas clandestinos como Arbeiter und Soldat («Obrero y soldado»), proporcionaban información de inteligencia de primera mano y mantenían redes de evasión.[cita requerida]

Reino Unido: contra la BUF de Mosley

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El auge de la Unión Británica de Fascistas (BUF) de Oswald Mosley en los años treinta tuvo enfrente al Partido Comunista de Gran Bretaña, a los socialistas del Partido Laborista y del Partido Laborista Independiente, a los anarquistas, a los estibadores irlandeses católicos y a los trabajadores judíos del East End londinense. El momento culminante de aquella lucha fue la batalla de Cable Street, cuando miles de vecinos y otros manifestantes ocuparon la calle para impedir la marcha de la BUF. La dirección nacional del Partido Comunista había planteado en un primer momento una concentración masiva en Hyde Park en solidaridad con la España republicana, en lugar de una contramovilización frente a la BUF, pero los activistas locales se opusieron. Quienes salieron a la calle adoptaron el lema They shall not pass («¡No pasarán!»), tomado de la España republicana.

El movimiento antifascista británico discutió a fondo las tácticas. Muchos veteranos del East End recurrieron a la violencia contra los fascistas,[73] pero el dirigente comunista Phil Piratin desautorizó esa vía y prefirió convocar grandes manifestaciones.[74] Junto al antifascismo combativo hubo además, en Gran Bretaña, una corriente menor de antifascismo liberal: sir Ernest Barker, por ejemplo, fue un destacado representante de esta vertiente en los años treinta.[75]

Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial

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El cantautor y antifascista estadounidense Woody Guthrie con su guitarra, en la que figura la leyenda ««This machine kills fascists»» («Esta máquina mata fascistas»).

El historiador antifascista italiano Gaetano Salvemini fundó la Sociedad Mazzini junto a un grupo de exiliados en Northampton, Massachusetts, el 24 de septiembre de 1939, con el objetivo de acabar con el régimen fascista en Italia. Como refugiados políticos del régimen de Mussolini, sus integrantes discrepaban sobre si aliarse con comunistas y anarquistas o excluirlos. La Sociedad Mazzini se sumó a otros exiliados antifascistas italianos en América en una conferencia celebrada en Montevideo, Uruguay, en 1942. Promovieron sin éxito a uno de sus miembros, Carlo Sforza, como líder de una Italia republicana posfascista. La sociedad se dispersó tras el derrocamiento de Mussolini, cuando la mayoría de sus miembros regresaron a Italia.[76][77]

Durante el Segundo Miedo Rojo estadounidense de la inmediata posguerra se acuñó la expresión «antifascista prematuro» para describir a quienes se habían movilizado o trabajado activamente contra el fascismo —por ejemplo, los estadounidenses que combatieron del lado de los republicanos en la guerra civil española— antes de que el fascismo se percibiera como amenaza inminente y existencial para Estados Unidos (algo que cuajó tras la invasión de Polonia por la Alemania nazi y, de forma universal, después del ataque a Pearl Harbor). La etiqueta llevaba implícito que aquellas personas eran comunistas o simpatizantes comunistas cuya lealtad a Estados Unidos resultaba sospechosa.[78][79][80] Los historiadores John Earl Haynes y Harvey Klehr han señalado, sin embargo, que no existen pruebas documentales de que el gobierno estadounidense empleara la expresión «antifascista prematuro» para referirse a los miembros estadounidenses de las Brigadas Internacionales: los archivos del FBI, de la Oficina de Servicios Estratégicos y del Ejército de los Estados Unidos preferían términos como «comunista», «rojo», «subversivo» y «radical». Haynes y Klehr afirman, en cambio, haber encontrado numerosos casos de antiguos miembros de la XV Brigada Internacional y de sus simpatizantes que se llamaban a sí mismos —no sin cierta ironía— «antifascistas prematuros».[81] Peter N. Carroll, historiador de los estadounidenses que sirvieron en la XV Brigada Internacional, cuestiona ese relato y aporta descripciones contemporáneas en las que la expresión sí servía para poner en duda la lealtad de los veteranos y minimizar su sacrificio. Cita, entre otros, un discurso del representante John M. Coffee en el Madison Square Garden en 1945, donde, refiriéndose a los veteranos, sostenía: «hoy los llaman antifascistas prematuros en ciertos círculos desagradables de Washington».[82]

América Latina

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En América Latina, el antifascismo de entreguerras combinó la movilización de actores locales con el peso de tres corrientes de exilio europeo: emigrados italianos establecidos desde los años veinte —sobre todo en Argentina, Uruguay y Brasil—, refugiados germanohablantes que huían del nazismo desde 1933 y republicanos españoles llegados a partir de 1939.[83]

En Argentina, la movilización antifascista cobró fuerza durante la llamada Década Infame (1930-1943) frente a los gobiernos conservadores y a los movimientos nacionalistas filofascistas locales. La Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE), fundada en Buenos Aires en 1935, articuló la defensa de la cultura como núcleo de la política antifascista y operó hasta su disolución en 1943.[84] Acción Argentina, creada en 1940, reunió a liberales, socialistas, comunistas y radicales en una coalición amplia que combinó la solidaridad con los Aliados y con la República española con la denuncia del gobierno neutralista de Buenos Aires.[84]

En México, el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940) acogió a unos 25 000 refugiados republicanos españoles y convirtió al país en uno de los principales centros del antifascismo continental. El sindicalista Vicente Lombardo Toledano, dirigente de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y de la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL), articuló desde finales de los años treinta una línea explícitamente antifascista que combinó el apoyo a los Aliados, la oposición al franquismo y la denuncia de los movimientos sinarquistas mexicanos.[85] En la Universidad Obrera de México, fundada por Lombardo Toledano en 1936, exiliados alemanes y españoles enseñaron junto a docentes mexicanos, y publicaciones como El Trimestre Económico y las revistas Romance, Las Españas y América acogieron debates antifascistas con destacada participación del exilio europeo.[86]

Los exiliados germanohablantes constituyeron en Buenos Aires, Ciudad de México y La Paz organizaciones como Das Andere Deutschland (la «otra Alemania») y Alemania Libre, con la pretensión de representar al pueblo alemán contrario a Hitler. Acle-Kreysing ha mostrado, no obstante, que los proyectos de unidad antifascista entre estos exiliados se quebraron repetidamente por las divisiones políticas heredadas de Europa entre comunistas, socialdemócratas y liberales.[83] En Brasil, el antifascismo confluyó con la oposición al Estado Novo de Getúlio Vargas y, en 1944-1945, con el envío de la Fuerza Expedicionaria Brasileña a Italia para combatir junto a los Aliados.

La historiografía latinoamericana ha renovado en las últimas dos décadas el estudio del antifascismo en la región, mostrando su dimensión simultáneamente nacional y transnacional. Autores como Andrés Bisso, Bruno Groppo, Ricardo Pasolini y Andrea Acle-Kreysing han subrayado el papel del exilio europeo, de las redes culturales y de la prensa periódica —como la revista Claridad, publicada en Buenos Aires entre 1926 y 1941— en la articulación de un antifascismo continental.[87][88] Estudios recientes han incorporado además la perspectiva de género al análisis del antifascismo, atendiendo a las trayectorias biográficas y a las redes femeninas dentro del movimiento.[89]

Birmania durante la Segunda Guerra Mundial

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La Organización Antifascista (AFO) fue un movimiento de resistencia que defendía la independencia de Birmania y combatió la ocupación japonesa de Birmania durante la Segunda Guerra Mundial. Fue antecesora de la Liga Antifascista para la Libertad del Pueblo. La AFO se formó en una reunión celebrada en Pegu en agosto de 1944 entre los dirigentes del Partido Comunista de Birmania (CPB), del Ejército Nacional Birmano (BNA) —encabezado por el general Aung San— y del Partido Revolucionario del Pueblo (PRP), más tarde rebautizado como Partido Socialista Birmano.[90][91] En julio de 1941, mientras estaban encarcelados en la prisión de Insein, los dirigentes del CPB Thakin Than Tun y Thakin Soe habían redactado conjuntamente el Manifiesto de Insein que, contra la opinión predominante en el movimiento nacionalista birmano liderado por la Dobama Asiayone, identificaba al fascismo mundial como principal enemigo en la guerra que se avecinaba y reclamaba una cooperación temporal con los británicos dentro de una amplia coalición aliada que incluyera a la Unión Soviética. Soe ya había pasado a la clandestinidad para organizar la resistencia contra la ocupación japonesa, y Than Tun —como ministro de Tierra y Agricultura— pudo transmitirle información de inteligencia japonesa, mientras que los demás dirigentes comunistas Thakin Thein Pe y Thakin Tin Shwe establecieron contacto con el gobierno colonial exiliado en Simla, en la India. Aung San fue ministro de Guerra de la administración títere instaurada el 1 de agosto de 1943 e incluyó a los líderes socialistas Thakin Nu y Thakin Mya.[90][91] En una reunión celebrada entre el 1 y el 3 de marzo de 1945, la AFO se reorganizó como un frente multipartidista que pasó a llamarse Liga Antifascista para la Libertad del Pueblo.[92]

Polonia durante la Segunda Guerra Mundial

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Proclamación del Bloque Antifascista, 15 de mayo de 1942.

El Bloque Antifascista fue una organización de Judíos polacos formada en marzo de 1942 en el Gueto de Varsovia. Se creó tras un acuerdo entre partidos judíos sionistas de izquierda, comunistas y socialistas. Sus impulsores fueron Mordechai Anielewicz, Józef Lewartowski (Aron Finkelstein) del Partido Obrero Polaco, Josef Kaplan de Hashomer Hatzair, Szachno Sagan del Poale Sion de izquierda, Jozef Sak como representante de los sionistas socialistas, y Izaak Cukierman junto a su esposa Cywia Lubetkin de Dror. El Bund judío no se sumó al bloque, aunque estuvo representado en su primera conferencia por Abraham Blum y Maurycy Orzech.[93][94][95][96]

Después de la Segunda Guerra Mundial

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Grafiti antifascista en San Sebastián, España.
Pegatina antifascista en Varsovia, Polonia.

Los movimientos antifascistas surgidos en la era del fascismo clásico, tanto en su variante liberal como en la combativa, siguieron activos tras la derrota del Eje, como respuesta a la persistencia y a las mutaciones del fascismo en Europa y en otras regiones. En Alemania, conforme el régimen nazi se desmoronaba en 1944, veteranos de las luchas antifascistas de los años treinta formaron Antifaschistische Ausschüsse, Antifaschistische Kommittees o grupos Antifaschistische Aktion, habitualmente abreviados como «antifa».[60] El gobierno socialista de la Alemania Oriental construyó en 1961 el Muro de Berlín, al que el bloque del Este dio el nombre oficial de «Muro de Protección Antifascista» (del alemán: Antifaschistischer Schutzwall). La resistencia a las dictaduras fascistas continuó en España y Portugal —con las actividades del maquis español, entre otras— hasta la transición española a la democracia y la Revolución de los Claveles, respectivamente, así como en dictaduras afines en Chile y otros lugares. Entre las movilizaciones antifascistas destacadas de las primeras décadas de posguerra figura el Grupo de los 43 en Gran Bretaña.[97]

Desfile de la liberación de Italia en Turín, 6 de mayo de 1945.

La guerra terminó en Italia el 2 de mayo de 1945 con la rendición total de las fuerzas alemanas y de la RSI ante las fuerzas aliadas —formalizada en la Rendición de Caserta del 29 de abril—, que marcó la derrota definitiva del nazismo y del fascismo en el país. Para el 1 de mayo, todo el norte de Italia estaba ya liberado: Bolonia (21 de abril), Génova (23 de abril), Milán (25 de abril), Turín[98] y Venecia (28 de abril). Con la liberación llegaron a su fin dos años y medio de ocupación alemana, cinco años de guerra y veintitrés de dictadura fascista. Las secuelas dejaron a Italia distanciada de la monarquía por haber respaldado al régimen fascista durante más de dos décadas, y esa frustración impulsó el resurgimiento del movimiento republicano italiano.[99] La liberación simboliza el inicio del trayecto histórico que llevó al referéndum del 2 de junio de 1946, en el que los italianos decidieron poner fin a la monarquía y crear la República Italiana. Después se adoptó la Constitución de la República de 1948,[100] redactada por la Asamblea Constituyente y por representantes de las fuerzas antifascistas que habían derrotado a nazis y fascistas durante la liberación de Italia y la guerra civil italiana.[101]

Con el inicio de la Guerra Fría entre los antiguos aliados de la Segunda Guerra Mundial —Estados Unidos y la Unión Soviética—, el concepto de totalitarismo cobró relevancia en el discurso político anticomunista occidental como herramienta para convertir el antifascismo de antes de la guerra en anticomunismo posbélico.[102][103][104][105][106]

La política antifa moderna puede rastrearse hasta la oposición a la infiltración de la escena punk británica por parte de cabezas rapadas del white power en los años setenta y ochenta, y a la aparición del neonazismo en Alemania tras la caída del Muro de Berlín. En Alemania, jóvenes de izquierda —entre ellos anarquistas y aficionados al punk— renovaron la práctica del antifascismo callejero. El columnista Peter Beinart escribe: «a finales de los años ochenta, los aficionados al punk de izquierdas en Estados Unidos comenzaron a seguir su ejemplo, aunque al principio llamaron a sus grupos Anti-Racist Action (ARA), partiendo de que los estadounidenses estarían más familiarizados con la lucha contra el racismo que con la lucha contra el fascismo».[107]

Italia

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Manifestación antifascista en Porta San Paolo, Roma, con motivo del Día de la Liberación del 25 de abril de 2013.

La Constitución italiana actual es resultado del trabajo de la Asamblea Constituyente, formada por representantes de todas las fuerzas antifascistas que contribuyeron a la derrota de nazis y fascistas durante la liberación de Italia.[108]

El Día de la Liberación es una fiesta nacional en Italia que conmemora la victoria de la resistencia italiana frente a la Alemania nazi y la República Social ItalianaEstado títere de los nazis y Estado vestigial de los fascistas— durante la guerra civil italiana, librada como parte de la Segunda Guerra Mundial, y se celebra el 25 de abril. La fecha se eligió por convención, ya que ese día de 1945 el Comité de Liberación Nacional de la Alta Italia (CLNAI) proclamó oficialmente la insurrección mediante un mensaje radiofónico, propuso la toma del poder por el CLNAI y dictó la pena de muerte para todos los dirigentes fascistas (entre ellos Benito Mussolini, fusilado tres días después).[109]

Logotipo de la ANPI.

La Asociación Nacional de Partisanos de Italia (ANPI, en italiano Associazione Nazionale Partigiani d'Italia; «Asociación Nacional de Partisanos de Italia») reúne a quienes participaron en la resistencia italiana contra el régimen fascista y la posterior ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Se fundó en Roma en 1944,[110] con la guerra todavía en marcha en el norte del país, y se constituyó como fundación benéfica el 5 de abril de 1945. Sigue activa gracias al trabajo de sus miembros antifascistas. Sus fines son preservar la memoria histórica de la guerra partisana mediante la investigación y la recogida de testimonios, así como defender la Constitución de 1948 —que recoge los ideales de la resistencia italiana— frente al revisionismo histórico.[111] Desde 2008, la ANPI organiza cada dos años un festival nacional con encuentros, debates y conciertos centrados en el antifascismo, la paz y la democracia.[112]

Bella ciao, versión instrumental interpretada por la Banda de la Guardia de las Fuerzas Armadas de Serbia.

Bella ciao («Adiós, hermosa») es una canción popular italiana que la resistencia italiana reescribió y adoptó como himno: la entonaban los partisanos que combatieron al nazismo y al fascismo y se enfrentaron a las tropas alemanas de ocupación —aliadas con la República Social Italiana fascista y colaboracionista— entre 1943 y 1945, durante la guerra civil italiana. Sus versiones se siguen cantando en todo el mundo como himno de libertad y resistencia.[113] Convertida en himno de libertad de proyección internacional, ha sonado en numerosos acontecimientos históricos y revolucionarios. Nacida ligada a los partisanos italianos en lucha contra el ocupante alemán, hoy representa simplemente el derecho de toda persona a librarse de la tiranía.[114]

Alemania

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Logotipo de la Antifaschistische Aktion, la red antifascista combativa de la Alemania de los años treinta que inspiró al movimiento antifa.
El logotipo tal como aparece en una bandera sostenida por un manifestante antifa en Colonia, 2008.

El movimiento antifa contemporáneo en Alemania está compuesto por distintos grupos antifascistas que suelen utilizar la abreviatura «antifa» y consideran inspiradora la histórica Antifaschistische Aktion (Antifa) de principios de los años treinta, de la que toman estética y parte de sus tácticas, además del nombre. Muchos grupos antifa nuevos se formaron desde finales de los años ochenta. Según Loren Balhorn, la antifa contemporánea alemana «no tiene una conexión histórica práctica con el movimiento del que toma su nombre, sino que es producto de la escena squatter y del movimiento autónomo de la Alemania Occidental en los años ochenta».[60]

Una de las mayores campañas antifascistas de los últimos años en Alemania fue el exitoso esfuerzo por bloquear las concentraciones anuales nazis en la ciudad de Dresde (Sajonia), en el este alemán, que habían crecido hasta convertirse en «la mayor concentración de nazis de Europa».[115] A diferencia de la Antifa original, que tenía vínculos con el Partido Comunista de Alemania y se preocupaba por la política obrera industrial, los autónomos de finales de los años ochenta y principios de los noventa eran marxistas libertarios independientes y anarcocomunistas antiautoritarios no asociados con ningún partido concreto. La publicación Antifaschistisches Infoblatt, en circulación desde 1987, buscaba exponer públicamente a los nacionalistas radicales.[116]

Instituciones del gobierno alemán como la Oficina Federal para la Protección de la Constitución y la Agencia Federal para la Educación Cívica describen al movimiento antifa contemporáneo como parte de la extrema izquierda y como parcialmente violento. Los grupos antifa son supervisados por la oficina federal en el marco de su mandato legal de combatir el extremismo.[117][118][119][120] La oficina federal afirma que el objetivo subyacente del movimiento antifa es «la lucha contra el orden básico democrático liberal» y el capitalismo.[118][119] En los años ochenta, el movimiento fue acusado por las autoridades alemanas de participar en actos terroristas de violencia.[121]

Manifestación contra el neonazismo en Berlín.

Al margen de los grupos antifa propiamente dichos, algunos grupos armados de la izquierda radical europea de los años setenta —en particular la Fracción del Ejército Rojo (RAF) en la República Federal de Alemania y, en menor grado, las Brigadas Rojas italianas— incorporaron el discurso antifascista a su justificación ideológica y denunciaron la continuidad de antiguos cuadros nazis o fascistas en las instituciones de posguerra. Esa apropiación del antifascismo por parte de organizaciones armadas, distinta del antifascismo subcultural y autónomo surgido en los años ochenta, ha sido objeto de un debate historiográfico específico.[122][123]

Grecia

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En Grecia, el antifascismo es un componente arraigado de la cultura izquierdista y anarquista. En septiembre de 2013, el rapero antifascista Pavlos «Killah P» Fyssas fue abordado y atacado con bates y cuchillos al salir de un local por un grupo numeroso de personas afines a Amanecer Dorado; murió poco después en el hospital. El crimen desencadenó protestas y disturbios de alcance internacional, el tiroteo en represalia contra tres militantes de Amanecer Dorado en su sede de Neo Irakleio y condenas al partido por parte de políticos y otras figuras públicas, entre ellas el primer ministro Andonis Samarás.[cita requerida] El episodio derivó en la apertura de una causa penal contra Amanecer Dorado. El juicio concluyó el 7 de octubre de 2020 con la condena de sesenta y ocho militantes —entre ellos toda la cúpula del partido y dieciocho exdiputados— por dirigir o participar en una organización criminal. Giorgos Roupakias fue declarado culpable del asesinato de Fyssas y condenado a cadena perpetua, mientras que otros quince acusados resultaron condenados como cómplices del crimen,[124][125] lo que en la práctica supuso «la prohibición» del partido.[126]

Estados Unidos

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El historiador del Dartmouth College Mark Bray, autor de Antifa: The Anti-Fascist Handbook, atribuye a la ARA el papel de precursora de los grupos antifa modernos en Estados Unidos. A finales de los años ochenta y en los noventa, los activistas de la ARA realizaron giras con bandas populares de punk rock y de skinheads con el fin de impedir el reclutamiento de klanmen, neonazis y otros supremacistas blancos.[127][128] Su lema era «Vamos a donde van» (We go where they go), con el que indicaban que se enfrentarían a los activistas de extrema derecha en los conciertos y retirarían activamente sus materiales de los espacios públicos.[129] En 2002, la ARA interrumpió un discurso en Pensilvania de Matthew F. Hale, dirigente del grupo supremacista blanco World Church of the Creator, lo que derivó en un altercado y veinticinco detenciones. En 2007 se fundó Rose City Antifa en Portland, Oregón, probablemente el primer grupo en utilizar el nombre «antifa».[130][131][132] Otros grupos antifa de Estados Unidos tienen genealogías distintas. En 1987 en Boise, Idaho, se creó la Coalición del Noroeste contra el Acoso Malicioso (NWCAMH) como respuesta a la reunión anual de la Aryan Nations cerca del Lago Hayden, Idaho. La NWCAMH agrupó a más de 200 organizaciones públicas y privadas afiliadas y prestó ayuda a personas de seis estados: Colorado, Idaho, Montana, Oregón, Washington y Wyoming.[133] En Mineápolis, Minnesota, en 1987 se formó un grupo llamado los Baldies con la intención de enfrentar directamente a los grupos neonazis. En 2013, los capítulos «más radicales» de la ARA formaron la Red Antifa Torch,[134] con capítulos en todo el país.[135] Otros grupos antifa forman parte de asociaciones distintas, como NYC Antifa, u operan de modo independiente.[136]

La antifa estadounidense actual es un movimiento marcadamente descentralizado. Sus activistas son antirracistas que recurren a tácticas de protesta para enfrentarse a fascistas y racistas como neonazis, supremacistas blancos y otros extremistas de derecha.[137] Sus acciones pueden incluir ciberactivismo, acoso, violencia física y daños a la propiedad[138] contra quienes consideran integrantes de la extrema derecha.[139][140] El historiador antifa Mark Bray sostiene, no obstante, que la mayor parte de la actividad antifa no es violenta y se reduce a campañas de carteles y volantes, discursos, manifestaciones y organización comunitaria en favor de causas antirracistas y contra el nacionalismo blanco.[2][131]

Un estudio publicado en junio de 2020 por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales sobre 893 incidentes terroristas en Estados Unidos desde 1994 halló un ataque a manos de un antifascista que causó una muerte (el ataque de Tacoma de 2019, en el que el agresor —que se identificaba como antifascista— fue abatido por la policía), frente a 329 muertes derivadas de ataques de supremacistas blancos u otros extremistas de derecha.[141][142][143] Desde la publicación del estudio se ha vinculado un homicidio al antifascismo.[141] Un borrador del DHS de agosto de 2020 tampoco incluía a la «antifa» como una amenaza considerable y señalaba a los supremacistas blancos como la principal amenaza terrorista interna.[144]

Se han realizado múltiples intentos de desacreditar a los grupos antifa mediante engaños en las redes sociales, muchos de ellos ataques de bandera falsa originados por usuarios de la alt-right y de 4chan que se hacían pasar por simpatizantes antifa en Twitter.[145][146] Algunos de estos engaños han sido recogidos como hechos por medios de comunicación de tendencia derechista.[147][148]

Durante las protestas por la muerte de George Floyd en mayo y junio de 2020, la administración Trump culpó a la antifa de orquestar las protestas masivas. El análisis de las detenciones federales no encontró vínculo alguno con la antifa.[149] La administración insistió en pedir que la antifa fuera designada organización terrorista,[150] pero académicos, juristas y otros expertos consideraron que una medida así excedería la autoridad presidencial y vulneraría la Primera Enmienda.[151][152][153]

En la literatura académica sobre la antifa estadounidense conviven distintos marcos de análisis. La obra de Mark Bray de 2017, escrita desde la simpatía militante, ofrece una historia internacional del antifascismo radical. Stanislav Vysotsky propone, en cambio, una etnografía sociológica basada en trabajo de campo con activistas de varias ciudades estadounidenses,[154] y George Michael analiza el movimiento dentro del campo de los estudios sobre el extremismo de izquierda, con un tono más crítico.[155] Nigel Copsey y Samuel Merrill han estudiado por su parte, sobre la base de seis estudios de caso en Estados Unidos y el Reino Unido, las tensiones internas del antifascismo combativo del siglo xxi entre la militancia callejera y la moderación táctica.[156]

El 22 de septiembre de 2025, en una decisión sin precedentes en el ordenamiento jurídico estadounidense, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva por la que designaba a «Antifa» como organización terrorista nacional. La medida se anunció pocos días después del asesinato del activista de derechas Charlie Kirk y consumaba una presión que el propio Trump venía ejerciendo desde su primer mandato.[157] Pocos días después se publicó el Memorándum Presidencial de Seguridad Nacional n.º 7 (NSPM-7), que ampliaba el alcance de la persecución a un amplio conjunto de identidades e ideologías asociadas al antifascismo, incluyendo el «anticapitalismo», el «anticristianismo» y posiciones críticas en materia de migración, raza y género.[158] Juristas y organizaciones especializadas —entre ellas el Brennan Center for Justice, la Charity & Security Network y el International Centre for Counter-Terrorism— objetaron que la designación carecía de base legal, dado que la legislación estadounidense de terrorismo se reservaba hasta entonces a organizaciones extranjeras, y que en la práctica permitía criminalizar la oposición política y el disenso al tratarse «Antifa» de un movimiento descentralizado y no de una organización.[158][159] En noviembre de 2025, la administración designó además como organizaciones terroristas extranjeras (FTO) a varios grupos europeos vinculados al antifascismo, lo que supuso la primera vez que el estatuto de FTO se aplicaba a entidades asociadas a este movimiento.

Otros lugares

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En Rumania tuvo lugar parte de la acción antifascista de la posguerra a través del Comité Antifascista de Trabajadores Alemanes en Rumania, fundado en marzo de 1949.[160] En Suecia, en 1993 se constituyó un grupo llamado Antifascistisk Aktion.[161]

En el Reino Unido se organizaron a lo largo de los años distintos grupos y movimientos antifascistas: el Grupo de los 43 (1946), el Grupo de los 62 (1962), la revista Searchlight (1975), Rock contra el Racismo (1976), la Liga Antinazi (1977), Red Action (1981), Anti-Fascist Action (1985), Unite Against Fascism (2003), Hope not Hate (2004) y Red Flare.

Concentración de colectivos antifascistas en el campus de la Universidad del País Vasco en Vitoria en rechazo a Vox, febrero de 2026.
Emblema empleado por colectivos antifascistas en España.

En España, el antifascismo se reactivó en la década de 2010 frente a la consolidación electoral de Vox y a la actividad pública de grupos identitarios y neonazis. Colectivos vinculados a movimientos estudiantiles, sindicales y autónomos han organizado concentraciones y contramanifestaciones en distintas ciudades del país.[cita requerida]

A continuación de una decisión similar del presidente estadounidense Donald Trump, el primer ministro húngaro Viktor Orbán anunció el 19 de septiembre de 2025 que Hungría clasificaría a «Antifa» como organización terrorista; el decreto correspondiente se publicó en el boletín oficial el 26 de septiembre.[162] Orbán justificó la medida apelando a un episodio violento ocurrido en Budapest en 2023, cuando activistas antifascistas atacaron a presuntos participantes en el Día del Honor, un acto neonazi. Entre los implicados se encontraba la activista italiana Ilaria Salis, que estuvo encarcelada en Hungría durante más de un año, fue puesta bajo arresto domiciliario en mayo de 2024 y, tras ser elegida eurodiputada, obtuvo inmunidad parlamentaria.[163] La decisión llamaba la atención: los grupos antifascistas apenas tienen actividad política en Hungría —donde el partido de Orbán lleva más de quince años con un control casi total— y el antifascismo es, más que un grupo organizado, un movimiento ideológico descentralizado sin estructura jerárquica formal.[164] Para el European Roma Rights Centre, la designación se inscribía en una estrategia más amplia de la administración de Orbán para restringir la disidencia política e instrumentalizar la lucha contra el terrorismo.[162]

Antifascismo y anticolonialismo

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A pesar de que las narrativas dominantes del antifascismo se han centrado en Europa, una parte importante del pensamiento y la acción antifascistas de entreguerras se articuló desde el mundo colonial y vinculó la lucha contra el fascismo con la crítica al colonialismo y al imperialismo. Para los activistas afrodescendientes, asiáticos y latinoamericanos de la época, el fascismo no constituía un fenómeno enteramente nuevo: lo entendían como la importación a Europa de las prácticas de violencia, jerarquía racial y deshumanización que las potencias coloniales venían aplicando desde hacía décadas en África, Asia y el Caribe.[165]

La invasión italiana de Etiopía en octubre de 1935 marcó un punto de inflexión. La agresión de la Italia fascista contra uno de los pocos Estados africanos independientes desencadenó una campaña transnacional —Hands Off Ethiopia («Manos fuera de Etiopía»)— sin liderazgo formal pero con presencia simultánea en el Reino Unido, Estados Unidos, Sudáfrica, el Caribe, América del Sur y la India. Sus protagonistas eran trabajadores, estudiantes, intelectuales y activistas de izquierda que actuaron mediante mítines, huelgas, marchas y enfrentamientos callejeros. El historiador Joseph Fronczak ha mostrado cómo esa movilización articuló por primera vez una «izquierda global» antifascista a través de un repertorio compartido de acciones informales.[166] Investigaciones posteriores han reconstruido las extensiones de la campaña en Asia meridional, mostrando su entrelazamiento con redes panafricanistas y anticoloniales, y su carácter antirracista y antiimperialista simultáneo.[167]

En el Londres de mediados de los años treinta, esa convergencia tomó forma organizada con la International African Friends of Ethiopia (IAFE, 1935), fundada por intelectuales y activistas caribeños y africanos como C. L. R. James, George Padmore, Jomo Kenyatta, el guyanés Ras Makonnen o el sierraleonés I. T. A. Wallace Johnson. En 1937 el grupo se reorganizó como International African Service Bureau (IASB), que defendió simultáneamente la solidaridad con Etiopía, la independencia de las colonias africanas y la unión de los trabajadores europeos con los pueblos colonizados frente al capitalismo y al imperialismo.[168] Padmore, antiguo cuadro comunista expulsado de la Internacional Comunista en 1934 «por desviación nacionalista pequeño-burguesa» después de oponerse al abandono soviético de la lucha anticolonial, sostenía en Africa and World Peace (1937) que la política de Frente Popular cometía un error de principio al subordinar la oposición a los imperios británico y francés a la lucha contra los fascismos italiano y alemán.[169][170]

La formulación más influyente sobre el vínculo entre fascismo y colonialismo la propuso el martiniqués Aimé Césaire en su Discours sur le colonialisme (Éditions Réclame, 1950; reeditado por Présence africaine en 1955). Césaire argumentó que el nazismo aplicó a europeos «procedimientos colonialistas» que Europa llevaba siglos aplicando a «los árabes de Argelia, los culíes de la India y los negros de África», y que la barbarie colonial regresaba a la metrópoli como un «bumerán». La tesis encontró ecos en la lectura del fascismo como continuidad del imperialismo elaborada por Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo (1951), y en obras posteriores de Frantz Fanon, Enzo Traverso y otros autores poscoloniales.[171]

La tensión interna del antifascismo en relación con el colonialismo no se resolvió durante la guerra. El antifascismo «contrarrevolucionario» liberal encarnado en Winston Churchill, Charles de Gaulle y Franklin D. Roosevelt defendía las democracias frente al Eje, pero mantenía simultáneamente los imperios coloniales: Churchill bloqueó cualquier independencia india durante la contienda, Francia retomó la guerra de Indochina en 1946 y los aliados europeos del bando antifascista eran ellos mismos potencias coloniales en activo.[172] La victoria aliada de 1945 alimentó, sin embargo, las luchas descolonizadoras posteriores: muchos cuadros de los movimientos independentistas vietnamita, argelino, indonesio o de las colonias africanas habían combatido contra las potencias del Eje, y la Conferencia de Bandung (1955) reunió a los nuevos Estados poscoloniales en torno a una agenda que se reivindicaba heredera, en parte, del legado antifascista. La descolonización quedó así estrechamente ligada al antifascismo como horizonte político del sur global, en una continuidad que sería retomada por movimientos sociales posteriores y por la historiografía reciente.[165][168]

Uso del término

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Símbolo antifascista de uso generalizado.

El politólogo de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania Tim Peters señala que el término es uno de los más controvertidos del discurso político.[173] Michael Richter, investigador del Instituto Hannah Arendt para la Investigación del Totalitarismo, subraya el uso ideológico del término en la Unión Soviética y en el bloque del Este, donde el término «fascismo» se aplicaba a los disidentes del bloque del Este al margen de cualquier conexión con el fascismo histórico, y donde «antifascismo» servía para legitimar al gobierno gobernante.[174]

Filmografía

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Algunas obras cinematográficas centrales en la representación cultural del antifascismo:

Películas
Documentales
  • La Nueve, los olvidados de la victoria (Alberto Marquardt, 2010) — coproducción de RTVE y France Télévisions sobre la 9.ª compañía republicana española de la liberación de París.
  • Los últimos españoles de Mauthausen (Alberto Marquardt, 2014) — sobre los supervivientes republicanos del campo de Mauthausen.
  • Españoles en la Segunda Guerra Mundial: Mauthausen (programa laSexta Columna, 2018) — emisión en abierto sobre la deportación española al sistema concentracionario nazi.

Véase también

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  1. Payne, Stanley G. (2014). El fascismo (3.ª edición). Madrid: Alianza Editorial. pp. 193, 195. ISBN 978-84-206-8330-0.
  2. 1 2 Beauchamp, Zack (8 de junio de 2020). «Antifa, explained». Vox (en inglés). Archivado desde el original el 21 de octubre de 2020. Consultado el 21 de octubre de 2020.
  3. Beinart, Peter (6 de agosto de 2017). «The Rise of the Violent Left». The Atlantic (en inglés). Archivado desde el original el 21 de octubre de 2020. Consultado el 21 de octubre de 2020.
  4. Pearson, Patricia O'Connell; Holdren, John (mayo de 2021). World History: Our Human Story (en inglés). Versailles, Kentucky: Sheridan Kentucky. pp. 152. ISBN 978-1-60153-123-0.
  5. Brennan, 2022, pp. 2, 12.
  6. Brennan, 2022, p. 1.
  7. Brennan, 2022, p. 2.
  8. Brennan, 2022, p. 3.
  9. 1 2 Brennan, 2022, p. 4.
  10. (Brennan, 2022, p. 4): «Debe subrayarse que, en términos históricos, no hay conexión estrecha entre los fasces romanos y la fábula de Esopo [...] más allá de la atractiva coincidencia de que cada uno involucra un haz de varas».
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Bibliografía

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