Agustinismo

sistema filosófico y teológico de Agustín de Hipona

El «agustinismo» es el sistema filosófico y teológico de Agustín de Hipona y su posterior desarrollo por parte de otros pensadores, entre los que destacan Boecio, Anselmo de Canterbury y Buenaventura.[1][2][3] Entre las obras más importantes de Agustín se encuentran La ciudad de Dios, De doctrina Christiana y Confesiones.

Originalmente, el agustinismo se desarrolló en oposición al pelagianismo;[4] se extendió en la filosofía occidental medieval hasta la llegada del tomismo y el aristotelismo.[5]

Platón y Plotino influyeron en Agustín de muchas maneras, y se le considera un filósofo neoplatónico.[6][7] La teodicea agustiniana y otras doctrinas agustinianas, como la iluminación divina y la iglesia invisible, muestran una fuerte influencia platónica.[8][9][10]

El papa Benedicto XVI advirtió que todas las enseñanzas de la Iglesia occidental conducen a él:

San Agustín. Este hombre apasionado y de fe, de gran inteligencia e incansable en su labor pastoral, gran santo y doctor de la Iglesia, es conocido, al menos de oídas, incluso por aquellos que ignoran el cristianismo o no están familiarizados con él, porque dejó una huella muy profunda en la vida cultural de Occidente y en el mundo entero. Debido a su especial importancia, la influencia de San Agustín fue muy amplia. Se podría decir, por un lado, que todos los caminos de la literatura cristiana latina conducían a Hipona (hoy Annaba, en la costa de Argelia), lugar donde fue obispo desde 395 hasta su muerte en 430, y, por otro, que desde esta ciudad de la África romana se ramificaron muchos otros caminos del cristianismo posterior y de la propia cultura occidental.[11]

Visión de la humanidad

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«Agustín consideraba a la raza humana como una masa compacta, un cuerpo colectivo, responsable en su unidad y solidaridad. Llevando a cabo su sistema con todas sus consecuencias lógicas, estableció la siguiente proposición rígida como su doctrina: Como todos los hombres han pecado en Adán; están sujetos a la condenación de Dios a causa de este pecado hereditario y de la culpa que conlleva[12][13]

Según Agustín, incluso el mundo y las entidades corpóreas, al ser frutos del amor divino, tienen su valor y significado, mientras que algunos platónicos tendían a menospreciarlos.[14] Este intento de situar la historia y la existencia terrenal dentro de una perspectiva celestial, donde incluso el mal encuentra explicación de alguna manera, siempre permaneció en el centro de sus preocupaciones filosóficas.

Ética

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Estos son los valores más importantes para un agustiniano.[15]

  1. Amor
  2. Interioridad
  3. Humildad
  4. Devoción por el estudio y la búsqueda de la sabiduría
  5. Libertad
  6. Comunidad
  7. Bien común
  8. Servicio humilde y generoso
  9. Amistad
  10. Oración

Metaética

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Agustín propuso la Teoría del mandato divino, una teoría que sostiene que el carácter moralmente bueno de una acción equivale a que sea ordenada por Dios.[16][17] La teoría de Agustín comenzó por plantear la ética como la búsqueda del bien supremo, que proporciona la felicidad humana. Agustín argumentaba que, para alcanzar esta felicidad, los seres humanos deben amar de manera correcta los objetos que son dignos del amor humano; esto requiere que los seres humanos amen a Dios, lo que les permite amar correctamente aquello que es digno de ser amado. La ética de Agustín proponía que el acto de amar a Dios permite a los seres humanos orientar adecuadamente sus amores, lo que conduce a la felicidad y la realización humanas.[18]

Guerra justa

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La teoría de la Guerra justa es una doctrina que determina si una guerra librada por un Estado es moralmente justificable o no, a través de una serie de criterios, todos los cuales deben cumplirse para que una guerra se considere justa. En Romanos 13:4, Agustín afirma que, aunque los individuos no deben recurrir inmediatamente a la violencia, Dios ha dado la espada al gobierno por una buena razón. Agustín sostiene que los cristianos, como parte de un gobierno, no deben avergonzarse de proteger la paz y castigar la maldad cuando se ven obligados a hacerlo por un gobierno. Agustín afirmó que se trataba de una postura personal y filosófica: «Lo que aquí se requiere no es una acción corporal, sino una disposición interior. La sede sagrada de la virtud es el corazón».[19][20]

Felicidad

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La ética de Agustín es la del antiguo eudemonismo,[21] pero él aplaza la felicidad al más allá y culpa a los antiguos éticos diciendo que su arrogante convicción, resultado de su ignorancia de la condición caída de la humanidad, les llevaba a creer que podían alcanzar la felicidad en esta vida mediante el esfuerzo filosófico.[22][23] Agustín da por sentado que la felicidad es el objetivo último que persiguen todos los seres humanos.[24][25][26] Para Agustín, la felicidad o la buena vida se consigue mediante la posesión del mayor bien de la naturaleza que los seres humanos pueden alcanzar y que no se puede perder contra la propia voluntad.[7]

Epistemología

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Agustín enfatizó el papel de la iluminación divina en nuestro pensamiento, diciendo que «la mente necesita ser iluminada por una luz externa a ella misma, para poder participar en la verdad, ya que ella misma no es la naturaleza de la verdad. Tú encenderás mi lámpara, Señor».[27]

Para Agustín, Dios no nos da cierta información, sino que nos da una visión de la verdad de la información que hemos recibido por nosotros mismos.

Si ambos vemos que lo que tú dices es cierto, y ambos vemos que lo que yo digo es cierto, entonces, ¿dónde se ve? Ni yo en ti, ni tú en mí, sino ambos en esa verdad inalterable que está por encima de nuestras mentes.[28]

Tomás de Aquino critica la iluminación divina, negando que en esta vida tengamos ideas divinas como objeto de pensamiento, y que la iluminación divina sea suficiente por sí sola, sin los sentidos. Aquino también negaba que existiera una influencia divina especial y continua sobre el pensamiento humano. Las personas tienen suficiente capacidad de pensamiento por sí mismas, sin necesidad de «una nueva iluminación añadida a su iluminación natural».[29]

Antropología

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San Agustín fue uno de los primeros autores cristianos latín antiguo con una visión antropológica muy clara. Agustín veía al ser humano como una unidad perfecta de dos sustancias: el alma y el cuerpo.[30] En esta visión antropológica, estaba mucho más cerca de Aristóteles que de Platón.[31][32] En su tratado tardío Sobre el cuidado que se debe tener con los muertos sec. 5 (420 d. C.), insistió en que el cuerpo pertenece a la esencia de la persona humana:

De ninguna manera deben despreciarse los cuerpos. (...) Porque estos no pertenecen al adorno o la ayuda que se aplica desde fuera, sino a la propia naturaleza del hombre.[33]

La figura favorita de Agustín para describir la unidad «cuerpo-alma» es el matrimonio: «caro tua, coniunx tua: tu cuerpo es tu esposa».[34][35][36] Según N. Blasquez, el dualismo de Agustín entre las sustancias del cuerpo y el alma no le impide ver la unidad del cuerpo y el alma como una sustancia en sí misma.[32][37] Siguiendo a los filósofos antiguos, definió al hombre como un «animal racional mortal» —«animal rationale mortale»—.[38][39]

Pecado original

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Pintura de Miguel Ángel sobre el pecado de Adán y Eva del techo de la Capilla Sixtina

Agustín escribió que el pecado original se transmite por la concupiscencia y debilita la libertad de la voluntad sin destruirla.[40] Para Agustín, el pecado de Adán[41] se transmite por la concupiscencia, o «deseo dañino»,[42] lo que ha dado lugar a que la humanidad se convierta en una «massa damnata» (masa de perdición, multitud condenada), con una libertad de voluntad muy debilitada, aunque no destruida. Cuando Adán pecó, la naturaleza humana se transformó para siempre. Adán y Eva, a través de la reproducción sexual, recrearon la naturaleza humana. Sus descendientes viven ahora en el pecado, en forma de concupiscencia, un término que Agustín utilizó en un sentido metafísico, no psicológico.[43] Admitió que la concupiscencia sexual («libido») podría haber estado presente en la naturaleza humana perfecta en el paraíso, y que solo más tarde se volvió desobediente a la voluntad humana como resultado de la desobediencia de la primera pareja a la voluntad de Dios en el* pecado original.[44] Según la visión de Agustín (denominada «realismo»), toda la humanidad estaba realmente presente en Adán cuando este pecó y, por lo tanto, todos han pecado. El pecado original, según Agustín, consiste en la culpa de Adán que todos los seres humanos heredan. Justo González interpreta la enseñanza de Agustín de que los seres humanos son completamente depravados por naturaleza y que la gracia es irresistible, da lugar a la conversión y conduce a la perseverancia.[45]

La comprensión de Agustín sobre las consecuencias del pecado original y la necesidad de la gracia redentora se desarrolló en la lucha contra Pelagio y sus discípulos pelagianos, Celestio y Juliano de Eclano,[45] quienes se habían inspirado en Rufino de Siria, discípulo de Teodoro de Mopsuestia.[46] Se negaban a aceptar que el pecado original hubiera dañado la voluntad y la mente humanas, insistiendo en que la naturaleza humana había recibido el poder de actuar, hablar y pensar cuando Dios la creó. La naturaleza humana no puede perder su capacidad moral para hacer el bien, pero una persona es libre de actuar o no actuar de manera recta. Pelagio puso como ejemplo los ojos: tienen la capacidad de ver, pero una persona puede hacer un buen o mal uso de ella.[47]

La Iglesia católica acepta la doctrina del pecado original tal y como la enseñó Agustín.[48]

Predestinación

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Para Agustín, Dios ordena todas las cosas preservando la libertad humana.[49] Antes del año 396, Agustín creía que la predestinación se basaba en el conocimiento previo de Dios sobre si los individuos creerían o no, que la gracia de Dios era «una recompensa por el asentimiento humano».[49] Más tarde, en respuesta a Pelagio, Agustín dijo que el pecado del orgullo consiste en asumir que «somos nosotros quienes elegimos a Dios o que Dios nos elige (en su presciencia) por algo digno en nosotros», y argumentó que es la gracia de Dios la que provoca el acto individual de fe.[49]

Algunos católicos discuten que Agustín creyera en la predestinación de esta última manera, y afirman que Agustín afirmaba el libre albedrío en la elección de ser salvado o no.[50]

Teodicea y libre albedrío

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El problema del mal es la cuestión de cómo conciliar la existencia del mal con un Dios omnipotente, omnibenevolente y omnisciente.[51][52]

Agustín desarrolla ideas clave sobre su respuesta al sufrimiento. En Confesiones, Agustín escribió que su obra anterior estaba dominada por el materialismo y que la lectura de las obras de Platón le permitió considerar la existencia de una sustancia no física. Esto le ayudó a desarrollar una respuesta al problema del mal desde una perspectiva teológica (y no maniquea),[10]

Agustín rechazó la idea de que el mal existe por sí mismo, proponiendo en su lugar que es una privación (o alejamiento) del bien y una corrupción de la naturaleza.[53] Escribió que «el mal no tiene naturaleza positiva, sino que la pérdida del bien ha recibido el nombre de «mal»».[54] Agustín argumentaba que tanto el mal moral como el mal natural se producen debido al uso malvado del libre albedrío,[55] lo cual se remonta al pecado original de Adán y Eva.[56] Creía que esta voluntad maligna, presente en el alma humana, era una corrupción de la voluntad dada a los humanos por Dios, lo que hacía del sufrimiento un castigo justo por el pecado de los humanos.[57] Como Agustín creía que toda la humanidad estaba «presente de forma seminal en los lomos de Adán», argumentaba que toda la humanidad había heredado el pecado de Adán y su justo castigo.[58] Sin embargo, a pesar de su creencia de que el libre albedrío puede volverse hacia el mal, Agustín sostenía que es vital para los seres humanos tener libre albedrío, porque no podrían vivir bien sin él. Argumentaba que el mal podía provenir de los seres humanos porque, aunque estos no contenían maldad, tampoco eran perfectamente buenos y, por lo tanto, podían corromperse.[59]

Filósofos agustinianos

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Véase también

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Referencias

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  1. Rogers, Katherine. «La metafísica y epistemología neoplatónica de Anselmo de Canterbury» (Lewiston, Nueva York: Edwin Mellen Press. 1997).
  2. San Buenaventura
  3. Oración según Agustín: Un estudio sobre el desarrollo de la tradición latina
  4. Augustinism en McClintock and Strong Biblical Cyclopedia]
  5. Augustinianism Encyclopedia.com
  6. La importancia del neoplatonismo
  7. 1 2 San Agustín
  8. Wallace M. Alston, La Iglesia del Dios viviente: una perspectiva reformada (Westminster John Knox Press, 2002 ISBN 978-0-664-22553-7), p. 53
  9. “'De deo Socratis”', XVII-XIX)
  10. 1 2 Mendelson, Michael (12 de noviembre de 2010). [http://plato.stanford.edu/entries/augustine/# OntEud «San Agustín»]. Stanford Encyclopedia of Philosophy. Consultado el 9 de octubre de 2011.
  11. BENEDICTO XVI AUDIENCIA GENERAL Sala de Audiencias Pablo VI Miércoles, 9 de enero de 2008
  12. Smith's Hagenbach, History of Doctrines, 1, 299
  13. Wiggers Augustinisnm and Pelagianism, p. 268
  14. Tina Manferdini, Comunicazione ed estetica in Sant'Agostino, p. 249, Bolonia, ESD, 1995
  15. P. Alberto Esmeralda, OSA. «Valores agustinianos». www.merrimack.edu. Archivado desde esmeralda.pdf el original el 1 de septiembre de 2006. Consultado el 23 de noviembre de 2006.
  16. Helm, Paul (1981). Divine Commands and Morality. Oxford University Press. ISBN 0-19-875049-8.
  17. Chandler, Hugh (2007). Platonistic And Disenchanting Theories of Ethics. Peter Lang. ISBN 978-0-8204-8858-5.
  18. Austin, Michael W. (21 de agosto de 2006). «Divine Command Theory». Internet Encyclopedia of Philosophy. Consultado el 15 de agosto de 2012.
  19. Robert L. Holmes (septiembre de 2001). «A Time For War?». ChristianityToday.com. Consultado el 25 de abril de 2015.
  20. Contra Faustum Manichaeum, libro 22, secciones 69-76
  21. Holte 1962
  22. De civitate dei 19.4
  23. Wolterstorff 2012
  24. De beata vita 10
  25. De civitate dei 10.1
  26. De trinitate 13.7
  27. Confesiones IV.xv.25
  28. Confesiones XII.xxv.35
  29. Summa theologiae 1a2ae 109.1c
  30. Cf. A. Gianni, pp. 148-149
  31. Hendrics, E., p. 291.
  32. 1 2 Massuti, E., p. 98.
  33. De cura pro mortuis gerenda CSEL 41, 627[13–22]; PL 40, 595: «Nullo modo ipsa spernenda sunt corpora. (...) Haec enim non-ad ornamentum vel adiutorium, quod adhibetur extrinsecus, sed ad ipsam naturam hominis pertinent»; «Contra Faustum», 22.27; PL 44,418.
  34. Agustín de Hipona, «Enarrationes in psalmos», 143, 6.
  35. CCL 40, 2077 [46] – 2078 [74]; 46, 234–35.
  36. Agustín de Hipona, “'De utilitate ieiunii”', 4, 4–5.
  37. «El concepto del substantia según san Agustín», pp. 305–350.
  38. «De ordine», II, 11.31; CCL 29, 124 [18]; PL 32,1009; De quantitate animae, 25,4ХнНЧ 7–49; CSEL 89, 190–194; PL 32, 1062–1063
  39. Cf. Ch. Couturier SJ, p. 543
  40. Cross, Frank Leslie; Livingstone, Elizabeth A., eds. (2005). «Original sin». The Oxford Dictionary of the Christian Church (3.ª rev. edición). Oxford: Oxford University Press. ISBN 978-0-19-280290 -3.
  41. Agustín enseñó que el pecado de Adán fue tanto un acto de necedad (insipientia) como de orgullo y desobediencia a Dios por parte de Adán y Eva. Pensaba que era muy difícil discernir qué fue primero: el egocentrismo o la incapacidad de ver la verdad. Agustín escribió a Juliano de Eclanum: «Sed si disputatione subtilissima et elimatissima opus est, ut sciamus utrum primos homines insipientia superbos, an insipientes superbia fecerit» (Contra Julianum, V, 4.18; PL 44, 795). Este pecado en particular no habría tenido lugar si Satanás no hubiera sembrado en sus sentidos «la raíz del mal» (“'radix Mali”'): «Nisi radicem mali humanus tunc reciperet sensus» (“'Contra Julianum”', I, 9.42; PL 44, 670)
  42. «Pecado original» Archivado el 25 de febrero de 2021 en Wayback Machine.. «Estudios apologéticos bíblicos». Consultado el 17 de mayo de 2014. Agustín de Hipona (354-430) enseñó que el pecado de Adán se transmite por la concupiscencia, o «deseo dañino», el deseo sexual y todos los sentimientos sensuales que dan lugar a que la humanidad se convierta en una massa damnata (masa de perdición, multitud condenada), con una libertad de voluntad muy debilitada, aunque no destruida. «Una exposición sencilla pero completa del catecismo de la Iglesia de Inglaterra», página 118. Consultado el 17 de mayo de 2014.
  43. Tomás de Aquino explicó la doctrina de Agustín señalando que la «libido» («concupiscencia»), que hace que el pecado original pase de padres a hijos, no es una «libido actualis», es decir, la lujuria sexual, sino una «libido habitualis», es decir, una herida de toda la naturaleza humana: «Libido quae transmittit peccatum originale in prolem, non est libido actualis, quia dato quod virtute divina concederetur alicui quod nullam inordinatam libidinem in actu generationis sentiret, adhuc transmitteret in prolem originale peccatum. Sed libido illa est intelligenda habitualiter, secundum quod appetitus sensitivus non continetur sub ratione vinculo originalis iustitiae. Et talis libido in omnibus est aequalis» (STh Iª–IIae q. 82 a. 4 ad 3). Agustín insistía en que la concupiscencia no era «un ser», sino una «cualidad mala», la privación del bien o una herida. «No es algo sustancial, como un cuerpo o un espíritu, sino una afección de mala calidad, como la languidez». («De nuptiis et concupiscentia», I, 25. 28; PL 44, 430; cf. «Contra Julianum», VI, 18.53; PL 44, 854; ibíd. VI, 19.58; PL 44, 857; ibíd., II, 10.33; PL 44, 697; «Contra Secundinum Manichaeum», 15; PL 42, 590.
  44. Agustín escribió a Juliano de Eclanum: «Quis enim negat futurum fuisse concubitum, etiamsi peccatum non-praecessisset? Sed futur-us fuerat, sicut aliis membris, ita etiam genitalibus voluntate motis, non-libidine concitatis; aut certe etiam ipsa libidine – ut non-vos de illa nimium contristemus – non-qualis nunc est, sed ad nutum voluntarium serviente (Contra Julianum, IV. 11. 57; PL 44, 766). Véase también su obra tardía: «Contra secundam Iuliani responsionem imperfectum opus», II, 42; PL 45,1160; ibíd. II, 45; PL 45,1161; ibíd., VI, 22; PL 45, 1550-1551. Cf.Schmitt, É. (1983). Le mariage chrétien dans l'oeuvre de Saint Augustin. Une théologie baptismale de la vie conjugale. Études Augustiniennes. París. p. 104.
  45. 1 2 Justo L. González (1970–1975). A History of Christian Thought: Volume 2 (From Augustine to the eve of the Reformation). Abingdon Press.
  46. Marius Mercator Lib. subnot.in verb. Iul. Praef.,2,3;PL 48,111 /v.5-13/; Bonner, Gerald (1987). «Rufino de Siria y el pelagianismo africano». El decreto de Dios y el destino del hombre. Londres: Variorum Reprints. pp. 31–47. ISBN 978-0-86078 -203-2.
  47. Agustín de Hipona, De gratia Christi et de peccato originali, I, 15.16; CSEL 42, 138 [v. 24–29]; Ibid., I,4.5; CSEL 42, 128 [v.15–23].
  48. Pecado original
  49. 1 2 3 Levering, Matthew (2011). Predestination: Biblical and Theological Paths. Nueva York: Oxford University Press. ISBN 978-0-19-960452-4.
  50. Augustine Had It Right; Calvin Did Not
  51. The Stanford Encyclopedia of Philosophy, «El problema del mal», Michael Tooley
  52. The Internet Encyclopedia of Philosophy, «El problema evidential del mal», Nick Trakakis
  53. Menn 2002, p. 170
  54. La ciudad de Dios, Agustín de Hipona, libro XI, capítulo 9
  55. Bennett, Peters, Hewlett y Russell 2008, p. 126
  56. Svendsen y Pierce 2010, p. 49
  57. Menn 2002, p. 174
  58. Bennett, Peters, Hewlett y Russell 2008, p. 127
  59. Menn 2002, p. 176
  60. John Henry Newman: Razón, retórica y romanticismo pág. 167
  61. Benedicto XVI, El gran agustiniano
  62. Gutting, Gary (13 de febrero de 1999). Pragmatic Liberalism and the Critique of Modernity. Cambridge University Press. p. 116. ISBN 978-0-521-64973-5. «La modernidad comienza con la mutación del agustinismo por parte de Descartes. Taylor destaca que «Descartes es, en muchos sentidos, profundamente agustiniano».»

Bibliografía

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