En la plática dominical, fray Bruno se mostraba más rea- lista que el rey, y decía que la revolución americana era cosa de herejes, fracmasones y gente piervertida por la lectura de libros excomulgados.
Porción de viejos achacosos cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos
herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación.
Esteban Echeverría
(Todos con excepción de Marcos y Rosa.) (Arrodillándose.) (A una voz.) ¡Buenas noches, señor cura! DON BENITO (Aparte.) Estos condenados de Rosa y Marcos son unos
herejes.
Ricardo Flores Magón
No existe publicada relación nominal de los “tantos herejes” avecindados en Buenos Aires a que refiere el texto de Lozano, pero pienso que todavía ella pueda hallarse en los Archivos británicos o en los españoles porque, por razones funcionales y de presupuesto, el hecho necesariamente se documentó en su oportunidad.
El que asesina sacerdote o le saca sangre por mal, está condenado en vida: queda, ahí mismo, poseído del demonio, y echa a morder que ni perro rabioso, hasta que muere de la rabia. Por eso inventaron los
herejes, ya que no podían asesinar al vicario, el embeleco de la misa.
Tomás Carrasquilla
Un pobre viejo para quien no han pasado los años, y que hace la guerra como en tiempos de mi abuelo... Creo que intenta quemar por herejes a dos viajeros rusos, dos locos sin duda...
Cuando el buque se acerca a tierra, no es la multitud de a bordo quien la ve primero, sino el vigía solitario en su mástil. Estos herejes de la vacuna son simpáticos.
¿Qué prisioneros son los que ha de entregarle? —Dos extranjeros a quienes ha ofrecido quemar por herejes. La monja rió celebrándolo: —¡Qué cosas tiene ese bendito!
Pues así como Dios, infinitamente próvido, suscitó para defensa de la Iglesia mártires fortísimos, pródigos de sus grandes almas, contra la crueldad de los tiranos, así a los falsos filósofos o herejes opuso varones grandísimos en sabiduría, que defendiesen, aun con el apoyo de la razón el depósito de las verdades reveladas.
La historia de la teología demuestra la enérgica reacción de la Iglesia contra los intentos alocados de los maniqueos y otros herejes.
Y para no ser pesados en enumerar cada uno de los apologistas, añadimos el catálogo de los excelsos varones de que se ha hecho mención, a Basilio el Grande y a los dos Gregorios, quienes habiendo salido de Atenas, emporio de las humanas letras, equipados abundantemente con todo el armamento de la filosofía, convirtieron aquellas mismas ciencias, que con ardoroso estudio habían adquirido, en refutar a los herejes e instruir a los cristianos.
Escuchad a Orígenes: «Cuantas veces nos muestran los herejes las Escrituras canónicas, a las que todo cristiano da su asentimiento y su fe, parecen decir: En nosotros está la palabra de la verdad.