otable compositor ecuatoriano, nacido en Cuenca el 8 de noviembre de 1891, hijo único del Profesor Francisco Paredes Orellana, Músico y Organista, Maestro de Capilla y Cantor de la Iglesia Catedral, de San Francisco y de la capillita de los Salesianos; y de su cónyuge Virginia Herrera, que falleció joven en Cuenca.
Por un momento quedé como aquel hombre que, con su pipa en la boca, fue muerto por un rayo, hace ya tiempo, en una tarde serena de Virginia; fue muerto asomado a la ventana y quedó recostado en ella en la tarde soñadora, hasta que alguien lo tocó y cayó.
Nuestro país ha estado representado en varios Congresos y Conferencias, de los cuales cabe mencionar: La Conferencia del Trabajo inaugurada en Santiago de Chile el 30 de diciembre de 1935; la Panamericana de Directores de Sanidad, realizada en Washington; la de la Asociación de Bibliotecas Americanas, efectuada en Virginia; la Internacional del Trabajo celebrada en Ginebra en junio de 1936; y el Congreso Universal de Historia y Geografía, que tuvo lugar en Buenos Aires.
Entre ellas, que los besos eran un placer exquisito. Tiempo. Leí Pablo y
Virginia. Llegó un fin de año escolar, y salí, en vacaciones, rápido como una saeta, camino de mi casa.
Rubén Darío
Requerido por el diputado, a quien interesaba el lucimiento de los festejos, el cacique no había tenido remedio sino acceder, un tanto a rastras, a la exhibición de su hija, y a encargar a Madrid un suntuoso traje blanco elegido por la madre del diputado, y con el cual Mari-
Virginia, tal era el nombre de la Reina, lo parecía en efecto cuando ocupó el trono de sedas, flores y ramaje que le estaba destinado.
Emilia Pardo Bazán
Fruto de un amor romanesco, impetuoso y reconcentrado durante cuatro años de penas y de lágrimas, el corazón de Ricardo estaba preparado para una intensidad de sentimientos, extraños en un niño. ¿Porqué cada vez que Virginia venía a tocar un instante en el piano de la casa, corría Ricardo a colocarse de pie junto a ella?
Iba Mari-
Virginia pálida de emoción; pero el color de su cara se convirtió en rosa vivísima cuando estallaron los aplausos provocados por su presencia, cuando el rumor de la multitud subió a ella incensándola, cuando el diputado, el joven duque de la Morería, cual si nunca la hubiese visto antes, la envolvió en una ojeada que de puro admirativa tenía algo de insolente, y cuando el mantenedor, en un párrafo hecho a torno, declaró que en ella estaba representado todo el hechizo de la mujer de aquella comarca, de árabes ojos de gacela y talle de cimbreante lirio.
Emilia Pardo Bazán
Apoyando su cabeza sobre una mano en el ángulo del piano, los negros y abundantes rizos de su cabellera se desprendían y deslizaban entre sus dedos. Con sus grandes ojos azules clavados en Virginia, el niño la contemplaba tristemente y escuchaba en silencio.
Jamás figura alguna de virgen, soñada por un poeta, Ofelia, Julieta, Virginia, Graziella, Evangelina, María, me ha parecido más ideal ni más tocante que la de la maravillosa criatura que os dejó su alma escrita en los dos volúmenes que están abiertos ahora, sobre mi mesa de trabajo y sobre cuyas páginas cae, al través de las cortinas de gasa japonesa que velan los vidrios del balcón, la diáfana luz de esta fresca mañana de verano parisiense...
Sin entrar en este género de análisis, Mari-
Virginia sentía como si en su corazón derramasen un vino añejo y que embriaga dulcemente, con dorada embriaguez.
Emilia Pardo Bazán
Sus padres y Virginia misma lo observaban y sonreían. Virginia era hija de un alto funcionario público de Trujillo. Instalado transitoriamente en Lima como senador de su departamento, habitaba los altos de la casa con toda su familia.
Enfáticamente pronunciaban la palabra las mozas del servicio, las comadres de la barriada y las amigas y los parientes viejos. ¡Reina, reina de la belleza! ¡Ella, Mari-
Virginia Rosón! Pero ¡qué cosas suceden!
Emilia Pardo Bazán